martes, 7 de abril de 2009

«La casa se llenó de la fragancia del perfume»

Leemos en el evangelio de Marcos: «Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio» (14,3). Esta mujer os concierne directamente a vosotros que vais a recibir el bautismo. Ella rompió el frasco de alabastro para que Cristo, el Ungido del Señor, por la unción haga de vosotros unos cristianos

Es lo que se dice en el Cantar de los Cantares: «Tu nombre es un perfume que se expande; por eso te aman las doncellas. Llévame en pos de ti: ¡Corramos!» (1,3-4). Mientras el perfume permanecía encerrado, mientras Dios no era conocido en Judea, mientras su nombre sólo era grande en Israel (Sl 75,2) las doncellas no seguían a Jesús. Pero desde que se derramó por el mundo entero, las almas de los creyentes han seguido al Salvador... Rompió su frasco de alabastro para que todos se aprovecharan del perfume...; este acto nos recuerda al grano se trigo que «si no cae en tierra y muere, no da fruto» (Jn 12,24); de la misma manera, si no se rompe el frasco, no nos podemos ungir con el perfume.

Esta mujer no es la misma que es nombrada en otro evangelio por haber lavado los pies del Señor (Lc 7,38). Porque esta mujer que hasta entonces era un pecadora de mala vida..., inunda con sus lágrimas los pies del Salvador y se los seca con su cabellos; pero no es más que en apariencia que lava los pies del Salvador, porque en realidad es ella la que se lava de sus pecados...

Que os ocurra lo mismo a vosotros que vais a recibir el bautismo: puesto que todos somos pecadores y «nadie es puro, aunque su vida dure tan sólo un día» (Jb 14,4 LXX)..., comenzad por agarrar los pies del Salvador, lavadlos con vuestras lágrimas, enjugádselos con vuestros cabello; cuando hayáis hecho esto, entonces le tocaréis la cabeza, tal como lo hace la mujer en Marcos. En el momento de bajar a la fuente de la vida con el Salvador, debéis fijaros cómo el perfume llega a la cabeza del Salvador. Porque «si la cabeza de todo hombre es Cristo» (1C 11,3), también vuestra cabeza debe estar perfumada, pues por el bautismo recibiréis esta unción.

iglesia.org

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