miércoles, 27 de mayo de 2009

«Por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dará la vida eterna a los que le has confiado»

El gran Credo de la Iglesia, en la parte central, que trata del misterio de Cristo desde su nacimiento eterno del Padre y de su nacimiento temporal de la Virgen María para llegar, pasando por la cruz y la resurrección, hasta su retorno, se concluye con las siguientes palabras: «Volverá glorioso para juzgar a vivos y muertos».

Ya desde los tiempos primitivos, la perspectiva del Juicio ha tenido influencia sobre los cristianos incluso en su vida cotidiana en tanto que era el criterio que les permitía ordenar su vida presente, como una llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios. La fe en Cristo jamás ha mirado sólo hacia atrás ni tampoco jamás hacia sólo lo alto, sino que siempre ha ido hacia la hora de la justicia que el Señor había anunciado muchas veces...

En él, el Crucificado, lleva al extremo la negación de las falsas imágenes de Dios. Es ahora que Dios revela su propio rostro precisamente en la figura del que sufre y comparte la condición del hombre abandonado de Dios, cargándola sobre sí mismo. Este hombre inocente que sufre llega a ser esperanza-certeza: Dios existe y Dios sabe crear la justicia de una manera que nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, podemos intuirla en la fe. Sí, existe la resurrección de la carne. Existe una justicia. Existe la «revocación» del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho.

Por eso la fe en el Juicio final es, ante todo y por encima de todo, esperanza; esta esperanza cuya necesidad se ha hecho evidente en las convulsiones de los últimos siglos. Estoy convencido que la cuestión de la justicia constituye el argumento esencial, en todo caso el argumento más fuerte, a favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que en esta vida se nos niega, la inmortalidad del amor que esperamos, es ya ciertamente un motivo importante para creer que el hombre está hecho para la eternidad; pero solamente en relación con el reconocimiento que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva.

iglesia.org

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