domingo, 27 de septiembre de 2009

Adolescentes depresivos

El exceso de televisión aumenta este peligro

Un 8% de los niños que ven demasiada televisión tienen riesgo de sufrir una depresión a partir de los 20 años, según una investigación de las Universidades de Pittsburgh y Harvard que se publica en la revista Archives of General Psychiatry.


Los autores señalan que los mensajes transmitidos por los medios podrían reforzar la agresividad y otras conductas de riesgo, interferir con el desarrollo de la personalidad o inspirar miedo y ansiedad.

Según los investigadores, el desarrollo de depresión en la adolescencia podría comprenderse como un proceso multifactorial, biológico, psicológico y social, en el que influyen factores protectores y de riesgo como el temperamento, la herencia genética, la crianza, la vulnerabilidad cognitiva, estresares como los traumas y la pobreza, así como las relaciones interpersonales. La excesiva exposición a los medios es otra posible influencia y ahora que se acerca el verano hay que extremar las precauciones.


Los autores del trabajo emplearon datos de la Encuesta Longitudinal Nacional de Salud Adolescente para determinar la exposición a los medios electrónicos entre 4.142 adolescentes que no tenían depresión al iniciar el estudio en 1995. Se les preguntaba cuántas horas pasaban a la semana viendo la tele o películas de vídeo, jugando con videojuegos o escuchando la radio. Los adolescentes dijeron que pasaban al día una media de 5,68 horas de exposición a los medios. Siete años después, los participantes tenían una media de 21,8 años cuando volvieron a ser examinados. Un 7,4 por ciento de ellos habían desarrollado síntomas de depresión.

El problema, además de una exposición excesiva a este «botellón electrónico» es que los contenidos televisivos a veces son claramente prejudiciales para ellos.

La protección del joven frente a la violencia y el sexo goza de consenso en los países democráticos. Está basada en el respeto a la dignidad humana y en la indefensión del adolescente para elegir lo que le conviene. Lo avaló el Parlamento Europeo en 2000, aunque el gobierno español no haga nada en esta materia, aún aprobando el Código de Autorregulación Televisiva.

A falta de esta protección administrativa los padres, que somos los responsables de nuestros hijos, tenemos que prevenir a éstos sobre el mal uso de la televisión. Algunos consejos prácticos podrían ir en la línea de:

1.- Los hijos deben ser enseñados por sus padres, tanto a ver espacios televisivos gratificantes y enriquecedores, como a no ver aquellos que le puedan degradar en su dignidad humana.

2.- Tenemos que enseñar a los hijos a que no hay que «ver televisión», sino que hay que ver programas de televisión. Así podremos desarrollar la capacidad de selección y discriminación, que nos habilitará para ver aquello que nos conviene y no mirar aquello que no nos conviene.

3.- Para crear un criterio de selección en el momento de ver televisión, debemos evitar tener encendida la televisión, cuando no hay nadie viendo un programa determinado.

4.- Un buen modo de afirmar las ideas anteriores, es no tener a mano el mando a distancia. El «zapping», o la costumbre de cambiar permanentemente de canal de televisión, es contrario al criterio de selección.

5.- Nuestros hijos no deben tener un aparato de televisión en su habitación ya que no sabemos lo que seleccionan y ven, incentiva el aislamiento, puede provocar una adicción a la televisión y es contrario a la vida de familia.

6.- Es muy conveniente que los padres acompañen a sus hijos a ver la televisión. De esta forma podremos conocer directamente los efectos que producen en nuestros hijos los programas que ven.

Pero sobre todo, tenemos que pasar más tiempo con nuestros niños, tenemos que acompañarlos más, dialogar y enseñarles más…. Sócrates, maestro de maestros, enseñaba a través de la «mayéutica». La llamaba así porque era el arte de dar a luz, pues en cierto modo actuaba como partera. Era como un guía que conducía a sus discípulos a través de la caverna de las sombras para salir a la luz de lo real. Su enseñanza enfrentaba al alumno consigo mismo, con sus propias limitaciones, conflictos y dificultades para poder romperlas e ir más allá. La enseñanza era para él una sagrada misión que no se podía prostituir con una mala conducta, un mal ejemplo. «El oficio de maestro- decía- es un sacerdocio, requiere de la magnética presencia del maestro, que educe al guía interior que todos llevamos dentro. Aunque el fuego duerme en la madera es necesario quien lo prenda, y éste es el maestro».

Carmen de Andrés
iglesia.org

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