martes, 27 de octubre de 2009

Encuentros con la Eucaristía

Comer a Jesús, comerlo con mi boca como se come cualquier alimento. Tragarlo, consumirlo, porque él mismo lo pidió: «Tomen y coman, esto es mi cuerpo». Sabemos que en la Biblia la palabra «cuerpo» no significa sólo los órganos físicos. Cuerpo es toda la persona cuando se comunica, cuando se entrega a los demás, cuando se relaciona con los otros. Por eso, cuando Jesús nos pide que comamos su cuerpo, es una invitación a recibirlo a él todo entero, con sus sentimientos, su intimidad, sus pensamientos, su divinidad.

Pero no es sólo recibirlo de una manera espiritual, como cuando recordamos a un ser querido; y tampoco se trata solamente de reconocer su presencia íntima en nuestro interior. Es verdaderamente comerlo. Por eso el Evangelio de Juan no dice que comemos su cuerpo, sino que comemos su «carne». Es una verdadera comida, con todas las letras. Y tan real es esto que cuando los judíos oyeron esta invitación de Jesús se sintieron horrorizados y decían: «¡Qué lenguaje tremendo! ¿Quién puede soportarlo?» (Jn 6,60). Esta invitación a comer su carne era ciertamente un «escándalo para los judíos» (1 Cor 1,23). Pero es el extremo al que quiso llegar Dios en su desmesurado anonadamiento. (…)

En el misterioso plan de Dios, «tras el Amor creador que daba vida, vino el Amor del anonadamiento». Pero en realidad, en esta ocurrencia inesperada de hacerse presente en las apariencias del pan de dejarse comer, Dios está respondiendo a un sueño oculto del corazón humano: el sueño de fundirse con el ser amado, de unirse a él hasta superar la medida de lo posible. En la Eucaristía Dios da una respuesta al impulso de comer al ser amado que todos tenemos, como si fuera el gesto que mejor expresa la atracción amorosa que sentimos. Es el sueño de la unidad total que anida como una secreta utopía en los corazones humanos. «Hijo, te comería, dice la madre al niño».

El impulso hacia la unidad que hay en el mundo físico se realiza de un modo perfecto cuando comemos y asimilamos lo que comemos, de manera que eso que comemos pasa a fundirse en la unidad de nuestro ser.

Y Dios, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, metiéndose al máximo en este mundo, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo. Por eso, el camino hacia Dios se ha abreviado, se ha simplificado al máximo. Podemos unirnos a él simplemente comiendo. No se trata sólo de adquirir conocimientos que eleven nuestra mente, no se trata tanto de hacer duros ejercicios ascéticos para liberarnos del peso de nuestras inclinaciones, no se trata de apartarnos del mundo para volar por encima de la materia. Todo lo contrario; se trata de usar nuestra boca, de masticar, de tragar. Y en ese gesto nos unimos a Dios de la manera más perfecta que podríamos imaginar.

No hay que eliminar el cuerpo ni la sensibilidad. Dios ama nuestro ser entero, cuerpo y alma, y quiso entrar en nosotros por el camino de nuestra sensibilidad física. Pero a veces despreciamos el loco camino que Dios quiso elegir, rechazamos tanta sencillez y no nos convencemos de que lo recibimos realmente sólo comiendo. Queremos exigirle a Dios normalidad, que se ajuste a nuestro modo de actuar, que nos pida algo duro y difícil; y aunque no seamos capaces de hacerlo, queremos que nos reclame una renuncia a la materia, un tremendo sacrificio. Creemos que para poder adorarlo tenemos que aprender un método de oración, hacer un largo camino espiritual; pero en realidad se trata simplemente de recibirlo, para que él nos preste su voz y podamos cantarle. No se trata de hacer grandes esfuerzos interiores para poder amarlo. Se trata de comerlo y así dejar que él nos preste su amor para poder amarlo: «Si me prestas tu voz podré cantarte, si me prestas tu amor podré quererte». Él ha elegido nuestra boca, quiere simplemente que lo comamos. Él, que quiso encarnarse, que tiene un cuerpo hecho de la materia de este mundo, un cuerpo realmente suyo, no se conforma con unir sus pensamientos con los nuestros; quiere unir nuestro cuerpo al suyo.

Victor Manuel Fernández
iglesia.org

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