martes, 10 de noviembre de 2009

Recuerdo que es presencia

Juan Pablo II
¡Cuántas veces en nuestra vida hemos visto separarse a dos personas que se aman! Y en la hora de la partida, un gesto, una fotografía, un objeto que pasa de una mano a otra para prolongar de alguna manera la presencia en la ausencia. Y nada más. El amor humano sólo es capaz de esos símbolos. Pero como testimonio y enseñanza de amor, en el momento de la despedida, «viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1).

Así, al despedirse, Nuestro Señor Jesucristo no deja a sus amigos un símbolo, sino la realidad de Sí mismo. Va junto al Padre, pero permanece entre nosotros. No deja un simple objeto para evocar su memoria. Bajo las especies de pan y vino está él mismo realmente presente, con su cuerpo y su sangre, su alma y su divinidad.

iglesia.org

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