sábado, 5 de febrero de 2011

¿Por qué existe el sufrimiento? 2ª Parte

Continúa hablando Juan Pablo II

«Lo que acabo de comentarle no cubre todo el espectro del problema. ¿Cómo podemos olvidar el mal que los hombres causan a otros hombres, los campos de concentración, las torturas, todo ese sistema que oprime y destruye los elementos más humanos en el hombre? Es muy difícil ponderar el mal que se comete en el mundo, enumerar las causas del sufrimiento humano que hizo decir a Jesucristo en el Monte de los Olivos: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz...». El cáliz del Jueves Santo, la Cruz en el Calvario el día siguiente…

Naturalmente, los hombres hacen todo lo posible para alejarse del mal, las enfermedades, los cataclismos, las guerras. Estos esfuerzos no son en vano. Al mismo tiempo, las dimensiones del mal objetivo en el mundo y las repercusiones subjetivas en la conciencia humana son difíciles de evaluar. Hoy los medios a nuestro alcance para combatir el mal y el sufrimiento son impresionantes, tal como lo son aquellos que enarbolan la lucha. Y los Evangelios son un fuerte llamado a la acción, un mensaje siempre presente del bien, el Samaritano compasivo, no obstante…

No obstante, pareciera que las raíces del mal son más profundas, como si el mal comprendiera una especie de misterio que excede al hombre, que trasciende su historia y su entorno. Si consideramos los esfuerzos del hombre por conquistar el mal – especialmente en nuestros días – se tiene la impresión que sus acciones llegan tan sólo a los síntomas y no logran profundizar para alcanzar las causas, la fuente oculta del mal. Se olvida demasiado a menudo que el mal no tiene tan sólo una dimensión física sino también ética, y que ésta es más importante.»

Reflexiona André Frossard:

Pero llegamos al momento y al lugar donde, como expresé antes, la pasión y la compasión confluirían en un momento único de sufrimiento:

Habla Juan Pablo II

«En el monte de los Olivos, de cara a la Pasión y a la Cruz, Jesús abraza toda dimensión del mal en el corazón del hombre y en la historia de la humanidad y pide que «este cáliz» pueda pasar: sin embargo, dice «pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Es por eso que esta oración es un momento tan patético en la misión de Cristo en su conjunto. Es además el punto al cual volverán continuamente nuestras preguntas acerca del mal, el mal como permitido y aceptado en el plan eterno de Dios….del Padre.

Cuando nuestro pensamiento acerca del mal se dirige con ansiedad a este plan eterno, nos acercamos con nuestra angustia al huerto de Getsemaní, antes de subir el Calvario, bajo la cruz de Cristo…

Getsemaní y el Calvario nos enseñan que el Hijo de Dios se encontró en la misma situación que cualquier hombre enfrentado al peso del mal. Estaba del lado del hombre que sufre. En esa escena de agonía proclamó el Reino de Dios hasta el fin de los tiempos, la verdad de un amor más fuerte que la muerte.

Creemos que al asumir el peso del mal venció al mal. Que venció al pecado y a la muerte. Injertó a la raíz del sufrimiento el poder de la redención y la luz de la esperanza. Eso es lo que comparte con todo hombre. Aquellos que sufren, y a quiénes me he acercado en mis actividades pastorales son testigo de ello y siguen siéndolo a diario ante mis ojos.

Cristo sanó al enfermo, le devolvió la vista al ciego, oído al sordo y levantó a Lázaro de entre los muertos. Pero a todos aquellos que sufren del mal físico o moral, no cesa de ofrecerles su injerto de redención, que emana de su cruz y resurrección.

Como he dicho antes, es difícil medir el mal que convive con nosotros en esta tierra. Es un misterio más allá del hombre, más profundo que su corazón. De él hablan Getsemaní y el Calvario, que al mismo tiempo testimonian que en la historia del hombre, en su corazón, adviene otro misterio, el de la Redención, que no cesará hasta el final para erradicar el mal. Y en este misterio no sólo nos espera el Día del Juicio, también se vislumbra: «un nuevo cielo y una nueva tierra», dónde está escrito que «morará la justicia» y entonces «Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó».

iglesia.org

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