domingo, 18 de marzo de 2012

Los hombres prefirieron las tinieblas. Dios sigue ofreciendo la luz

Evangelio: Juan 3, 14- 21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.”

LOS HOMBRES PREFIRIERON LAS TINIEBLAS. DIOS SIGUE OFRECIENDO LA LUZ

“¡Déjame en paz, que no me quiero salvar, que en el infierno no estoy tan mal!”. Así cantaba Victor Manuel en los años 80. Cuando esta frase – por desgracias muchas veces – se dirige a Dios, estamos ante el misterio que describe hoy el Evangelio.

"Los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”, dice San Juan. Es un misterio que acompaña la historia del hombre desde sus inicios. Es el misterio del pecado. El hombre se hace dueño y señor de esta vida, olvidándose de Dios. Dios le propone la luz de la fe y de la caridad para que culmine sus días en este mundo con su paso a la vida en comunión eterna con Él, pero los hombres prefieren los placeres de esta vida caduca.

El rechazo de Dios no es ninguna novedad, no es ningún signo de progreso, como a veces nos lo quieren presentar. Se daba en los años 80 y en el 800 antes de Cristo. Es una constante a lo largo del Antiguo Testamento, como leemos, hoy por ejemplo en el libro de las Crónicas. “El Señor, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas.” Y el mismo libro nos describe las consecuencias. El pueblo israelita, sumido en el más absoluto desorden y corrupción, cayó en manos de los caldeos, que los esclavizaron.

Hoy día también vivimos esta situación. Hemos rechazado a Dios, siguiendo a los profetas que nos prometían un mundo mejor sin Él. Olvidando a Dios hemos rechazado sus mandamientos y no siguiendo los caminos del amor a Dios y al prójimo, nos encontramos sumidos en un mundo de tinieblas, odio y guerra, de puro egoísmo y corrupción. Quien me diga pesimista, no está siendo realista, porque todos tenemos esta situación delante. San Juan revela que, en realidad, el proceso es al revés: que se rechazan los mandamientos, y por eso se rechaza a Dios. Porque la luz pone de manifiesto las maldades del hombre en tinieblas.

Sin embargo, la luz sigue ahí. Dios sigue mostrando su amor misericordioso. El mensaje cristiano siempre es un mensaje de esperanza. El paso de las tinieblas a la luz siempre es posible, mientras estemos en este mundo. A nivel personal – pues no hay pecador por empedernido que éste sea que no pueda volver a Dios – y a nivel social, pues no hay situación oscura en la que no pueda brillar una pequeña luz y esa pequeña luz iluminará mucho – más cuanto mayor sea la oscuridad – de modo que poco a poco, con paciencia y constancia en el bien, el mundo se puede cambiar. Y lo debemos cambiar. Este es el mensaje del Evangelio para cada cristiano. No cruzarse de brazos y lamentarse, sino ponerse manos a la obra.

Si nosotros – dice el Señor – somos llamados a ser luz del mundo, ¿con qué derecho nos lamentamos de que el mundo esté en tinieblas?

Con María, Estrella de la nueva Evangelización.

P. Mario Ortega
En la barca de Pedro

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