jueves, 1 de marzo de 2012

Si Dios siempre escucha, ¿por qué tarda tanto en responder?‏

«La oración del justo tiene mucho poder con tal de que sea perseverante» (Stgo 5, 16)

«La única razón por la que obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca insistencia.... No hay que cansarse de orar. Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo... no merecen ser escuchados.... Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos».

El siglo de la inmediatez

Lo anterior fue escrito por san Claudio de la Colombiere en el siglo XVII, pero pareciera que al presente tuviera más actualidad que en aquel entonces dada la vida acelerada y la búsqueda de inmediatez que padecemos hoy. Si ya no invertimos tiempo ni en cocer frijoles "para algo existen los enlatados" ni en preparar una elaborada comida en casa -mejor se pide pizza o cualquier otra versión de «comida rápida»-, no es de extrañar que en lo referente a la vida espiritual también queramos todo fácil y al instante.

Pero Dios tiene una visión totalmente diferente de la nuestra; por eso a sus discípulos «les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!". Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme". Dijo, pues, el Señor: "Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto"» (Lc 18, 1-8).

Ciertamente hay respuestas a la oración que no pueden esperar. Si yo me encuentro colgando de una roca al borde de un altísimo precipicio y pido a Dios que me salve de la muerte, el Señor no va a tardar un mes, un año o una década en darme la respuesta. Pero en otras ocasiones habrá que esperar un tiempo, insistiendo confiadamente en la oración, hasta ser testigos de la intervención de Dios. Pensemos, por ejemplo, en los famosos dieciséis años de oraciones que santa Mónica requirió para ver que se le concedía lo pedido: la conversión de su hijo Agustín.

¿Qué tan pronto es «pronto» para Dios?

¿Entonces por qué el Altísimo promete en la cita bíblica una pronta respuesta: «Os digo que [Dios] les hará justicia pronto» (Lc 18, 8)? El aparente retraso que creemos percibir en la respuesta divina a nuestras oraciones en realidad no es tal; y tampoco las sagradas Escrituras mienten; antes bien, éstas nos aclaran la situación: «No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 9). Aunque dicha cita se refiere de manera específica a la segunda venida de Cristo, explica con claridad cuál es el proceder de Dios respecto del tiempo. Por eso en el versículo anterior explicaba el apóstol: «Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día» (2 Pe 3, 8). Mas a nosotros, mortales y encerrados en el tiempo, el transcurso de las semanas, los meses y los años sin una respuesta puede parecernos intolerable; pero Dios, inventor del tiempo y ubicado por fuera del tiempo, no actúa ni antes ni después sino en el momento oportuno. «Así dice Yahveh: "En tiempo favorable te escucharé"» (Is 49, 8); y todo esto, como dice la Escritura, porque el Señor quiere que « todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 9).

«Quiere Dios salvarnos; mas, para gloria nuestra, quiere que nos salvemos, como vencedores» apunta san Alfonso María de Ligorio en su libro El gran medio de la oración; «por tanto, mientras vivamos en la presente vida, tendremos que estar en continua guerra. Para salvamos habremos de luchar y vencer. Sin victoria nadie podrá ser coronado».

A más tiempo, mayor satisfacción final

Por su parte, san Claudio de la Colombiere enseña: «Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la bondad de Dios, jamás se cree uno rechazado, jamás se podría creer que desee quitarnos toda esperanza. Pienso, lo confieso, que, cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; nunca creo que mi oración haya sido rechazada, hasta que me doy cuenta de que he dejado de orar; cuando tras un año de solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como tenía al principio, no dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder valor después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy persuadido de que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya dejado rogar. Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles, jamás hubiera reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido».

Continúa el Santo: «En efecto, la conversión de san Agustín no fue concedida a santa Mónica hasta después de dieciséis años de lágrimas; pero también fue una conversión incomparablemente más perfecta que la que había pedido».

Y concluye san Claudio con una exhortación para «usted que solicita la conversión de este marido, de esta persona querida: no os canséis de rogar, sed constantes, sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechazan hoy, mañana lo obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os será más favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean inútiles: se lleva la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en proporción al tiempo que hayáis empleado en rogar; se os está amasando un tesoro que os colmará de una sola vez, que excederá a todos vuestros deseos».

catholic.net

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