viernes, 27 de abril de 2012

Anillos para siempre

La palabra divorcio en un hogar es sinónimo de tristeza. Aquí una pequeña historia que se agiganta frente al amor y al perdón.

Soy Andrés, me voy a divorciar.

Recuerdo que hace tiempo, cuando el amor era algo indiscutible para mí, yo era muy feliz. Ahora que me “he quitado el anillo”, he perdido incluso las ganas de vivir. Ninguno de los dos sabe encontrar remedio. Ella ya no me quiere, dice que el amor se ha esfumado de su corazón. Ella parece que dejó de estar dentro de mí. Yo creo que la culpa es suya. El matrimonio, poco a poco, se ha convertido en la soledad de dos vivida en compañía. Rompimos y quiero vender el anillo.

Conozco a un antiguo joyero. Entré a la tienda. Las miradas se entrecruzaron y pudo leer en mis pupilas la infelicidad de mi matrimonio. Examinó el anillo. Lo sopesó y después me dijo: “Esta alianza no vale nada. El peso indica cero. Sin duda alguna tu esposa vive aún. No haces bien separándote de ella. Después del matrimonio, ninguna alianza pesa separada porque los anillos son para siempre. Solo valen las dos juntas, como vuestras vidas”.

Salí de la joyería y rompí en lágrimas. ¡El amor no se puede nunca truncar! El amor no es una aventura. No puede durar solo un instante. Lo importante es volver a empezar...pidiéndole perdón... le diré que no puedo vivir sin ella, que el amor es para siempre.

iglesia.org

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