domingo, 6 de mayo de 2012

Cuando Dios está conmigo y yo no estoy con Dios

Evangelio: Juan 15, 1-8

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.”

CUANDO DIOS ESTÁ CONMIGO Y YO NO ESTOY CON DIOS

Esta sincera confesión, a la vez que aguda advertencia, es la que hace San Agustín lamentándose del tiempo en que ha tardado en conocer y amar a Dios: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva… Tú estabas en mí, mas yo no estaba contigo!”

En el plano de la cercanía física, es imposible que yo esté cerca de una persona y esa persona no esté cercana a mí. Sin embargo, no sucede así en nuestra relación con Dios. Él está siempre cerca de nosotros: dentro de nosotros si estamos en su gracia; a nuestra puerta llamando si necesitamos de su perdón misericordioso. El problema es que nosotros, en este segundo caso, podemos estar muy lejos de Él, distraídos por el mundo, por nuestros afanes… olvidados de Él.

Quien cree que porque Dios es infinitamente bueno es imposible alejarse, en el fondo, de Él, anda muy equivocado, porque el hombre es libre. Dios lo ha hecho libre, precisamente en su infinita bondad. Y como hijo pródigo puede alejarse de él desobedeciendo sus mandatos. Dios siempre está cerca del hombre; el hombre puede o no estar cerca de Dios. La cercanía de Dios, su Misericordia infinita, no es excusa para desentendernos de llevar una vida santa y cumplir sus mandamientos. Sólo “quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en Él”, nos recuerda hoy San Juan.

El cuarto evangelista explica en la primera de sus cartas lo que ha escuchado de labios del mismo Señor: “Permaneced en mí y yo en vosotros”. Y para hacernos sencilla su enseñanza, Jesús nos ilustra con la imagen de la vid y los sarmientos. Igual que el sarmiento recibe la savia y da fruto cuando está unido a la vid, así el hombre sólo puede encontrar vida verdadera si permanece unido a Dios. Separado de Él, como el sarmiento separado de la vid, no puede dar fruto y finalmente se seca.

Luego, ser cristiano no es llevar una vida separada de Dios, aunque “de boquilla” uno se proclamara muy creyente. Discípulo auténtico de Cristo es el que permanece unido a Él, cada día, cumpliendo fielmente sus mandamientos de amor, los diez (y no sólo algunos) de la Ley de Dios.

La imagen es perfecta y permanecer unido a Dios como el sarmiento a la vid, significa también que el cristiano, como el sarmiento antes de la primavera, será podado para que se haga más fuerte y dé más fruto. De qué manera más sencilla nos revela Dios el misterio de la tentación, del sufrimiento, del dolor… que nos sobreviene tan a menudo. Vivido este misterio desde la fe, uno descubre no una mano malvada, sino, en el fondo, la mano del viñador que sabiamente poda la vid cortando parte del sarmiento para sanarlo y robustecerlo.

Una buena poda es la que recibió Saulo, para convertirse en San Pablo. Los frutos que dio este vigoroso sarmiento de la Viña del Señor son narrados en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuya lectura es especialmente recomendable para todos en este tiempo de Pascua.

P. Mario Ortega
En la barca de Pedro

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