sábado, 7 de septiembre de 2013

El Cielo y el Infierno... es para toda la eternidad Parte 1

(Conferencia pronunciada en la Escuela de Enfermeras de Salus Infirmorum. Madrid)

Vamos a hablar de dos temas, de los cuales hoy se habla muy poco. Sin embargo, los dos son dogmas de fe: El cielo y el infierno.

El cielo, la felicidad de amar.

Porque eso es el cielo. El catecismo decía: ¿Qué es el cielo? El conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno. Está bien dicho. El conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno. Yo me acuerdo que de pequeño, cuando me aprendí el catecismo, yo preguntaba:
-¿En el cielo hay bicicletas?
Porque yo, a mi edad, ¿cómo podía ser feliz en el cielo si no tengo bicicleta? Si para mí lo mejor del mundo era la bicicleta. En cielo tenía que haber bicicletas. Porque si no hay bicicletas, yo en el cielo no podía ser feliz. Y a mí me decían:
- Sí hombre, sí; allí tendrás todo lo que quieras.
Ahora comprendo que en cielo no hay bicicletas. Ni falta que hace. Sin embargo, seremos felices en el cielo.

***

Y, ¿en qué consiste esta suprema, máxima, saciativa, insuperable felicidad en el cielo? En el amor. Pero no en el amor físico, que es el que se propagandea aquí en la tierra. Aquí en la tierra las películas, las novelas, la televisión a todas horas, ¿cómo expresan la felicidad? En la cama. Como si eso fuera la suprema felicidad del hombre. ¡Qué equivocación! Esa no es la felicidad del hombre. El amor físico, el sexo, no es la felicidad del hombre. Si eso fuera así, las personas más felices del mundo serían las prostitutas. Y es evidente que la prostituta no es una mujer feliz.

¿Cómo se llaman los libros que hablan de la prostitución? «La esclavitud de la mujer»; «Las esclavas del siglo XX». Decía una carta de una prostituta que apareció asesinada en la carretera de Barajas, en Madrid: «Me asquea mi profesión. Estoy deseando dejar esto».

Es curioso que ellas llaman de descanso al día que no se acuestan con nadie. Éste es su día de descanso. No acostarse con nadie. Por mucho que nos quieran meter por los ojos que la vida sexual es lo más maravilloso. No señor. Se puede ser muy feliz sin vida sexual. Con tal que haya amor. ¿Qué hace feliz al hombre? El amor. En el matrimonio se incluye el sexo; pero no hace falta el sexo para ser feliz.

Me acuerdo que un día de San Valentín, salieron en la tele dos vejetes. Ellos se amaban con delirio. Los dos hechos dos tortolitos. Y a esa edad, ¡qué vida sexual, ni qué belleza! Nada. Pero felices los dos vejetes. De vida sexual, cero. De belleza, cero. Pero se amaban con locura. ¡Felices los dos!

A veces leemos en la prensa que un matrimonio se muere uno detrás del otro. Uno se muere por enfermedad, y el otro se muere de pena. No puede sobrevivir al ser querido. Se le ha muerto su ser querido, y se muere de pena. Se amaban con delirio. Eran felices amándose sin vida sexual. Amor, amor, sólo amor. Si amas, eres feliz; y si no amas, no serás feliz. Aunque tengas de todo.

Los sacerdotes conocemos mejor que nadie la vida, porque la gente nos abre su corazón y sabemos la verdad. No lo que dicen en la calle. No. La verdad. Nadie viene al sacerdote a engañarle. Sería de idiota. Porque si al sacerdote vienes a buscar consejo, a buscar ayuda, le dices la verdad. Como al médico. Si vas al médico, le dices la verdad. Si te duele el riñón, no le dices que te duele una muela. Porque te quitan la muela y sigues con el dolor. Al médico le dices la verdad para que te cure. Porque si le engañas, sales perdiendo. Lo mismo el que viene al sacerdote. Porque busca consejo, busca ayuda.

Hemos visto matrimonios que lo tienen todo: dinero, belleza, prestigio social, comodidad. Lo tienen todo, pero les falta amor. Y su vida es un infierno. Ni las joyas, ni el lujo, ni el placer, ni las distracciones, nada les va a dar la felicidad, si no hay amor. Como no haya amor, ese matrimonio es un infierno.

También conocemos muchos matrimonios que viven a lo justo y son felices. Si viven debajo de un puente, no. Pobrecitos, Pero si viven a lo justo, y se aman, son felices. Te dicen:
-No queremos más. No necesitamos nada. Con lo que tenemos nos basta.
Son totalmente felices. Y no viven en la abundancia. Viven a lo justo. Pero tienen amor. Amor en el matrimonio. Unos hijos que se sienten amados, y aman a sus padres. Armonía en el hogar. ¡Felices! Como nadie en el mundo. ¿Por qué? Porque hay amor. Lo que da la felicidad es el amor. Y sólo el amor. Y cuando no hay amor, en este mundo no se puede ser feliz.

***

Pero repito: amor espiritual. Porque el amor tiene dos vertientes. La vertiente física, que es la que propagandean a todas horas; y después está la vertiente espiritual que es de la que no se habla. Y lo importante del amor es la vertiente espiritual. Porque la vertiente espiritual nos hace mucho más felices que la física. No somos animales. Los animales no tienen alma espiritual. No tienen la facultad espiritual de la felicidad. Tienen sentidos, pero no tienen nada más. Los hombres, además de sentidos, tenemos alma espiritual. Y la vida de los sentidos no nos puede bastar. Es la mitad de nuestra persona. Yo para ser feliz, tengo que saciar mi felicidad espiritual. La vertiente espiritual es superior a la vertiente física. A mí me llena mucho más la vertiente espiritual del amor que la vertiente física.

Voy a poner un ejemplo que para mí es evidente. Un bofetón en la cara te duele muy poco. Pero la humillación del bofetón en público, entre la gente que te conoce, entre tus amigos, en tu círculo, es tremendo. La humillación te duele más que el bofetón en la cara. Esto es evidente. Las personas sufrimos más y gozamos más con lo espiritual que con lo físico. Evidente.

Con el bofetón sufro más, por la vertiente espiritual que por la vertiente física. Lo mismo: gozo más con la vertiente espiritual del amor que con la vertiente física. Esto es evidente. Y el que no lo entienda es que no lo conoce. Porque vive a lo bestia, a lo animal. No tiene más que vida sensitiva. Pobrecito. Desconoce lo más grande de la persona humana, que es la vertiente espiritual. Como no lo conoce, para él no hay más felicidad que la física. La sensitiva. La epitelial. La que tienen los animales. No conoce otra vertiente de la felicidad, que es la del alma.

***

Por lo tanto, digo, lo más grande de la vida, lo que hace más feliz a los hombres es el amor espiritual. Es la suprema felicidad de la tierra. Y esto es así de tejas abajo. Además está la felicidad de los santos: Santa Teresa, San Francisco Javier. Una felicidad mística que es de otro orden. Pero incluso en la felicidad humana, natural, de tejas abajo, la felicidad suprema en este mundo, es el amor entre dos personas. Y dos personas llenas de defectos, llenas de limitaciones, porque todos tenemos defectos. Aunque tú te enamores de la persona más maravillosa del mundo, si tienes sentido común, reconocerás que algún defecto tendrá. Porque no hay persona sin defecto.

Pues si en este mundo vivimos rodeados de personas llenas de defectos, y a pesar de eso somos tan felices amando, ¿podéis imaginaros lo que será el amor a Dios, el omniperfecto, el infinitamente perfecto? Dios es la persona más digna de amor que podemos concebir; y la persona que más me ama que yo pueda imaginar.

Nos hemos acostumbrado a ver el crucifijo y nos quedamos fríos. Somos insensibles, porque no somos capaces de calibrar lo que significa que Cristo haya dado su vida por amor a mí. El día que comprendamos, en profundidad, lo que Dios nos ama, esto nos hará inmensamente felices. ¡Cuantas personas no son felices porque no se sienten amadas! Esto es frecuente en la vida.

Se sienten faltas de amor. No encuentran el amor que esperan. Y ese vacío de amor las hace desgraciadas. Cuando tú descubras el amor de Dios, lo que Dios te ama, y lo digno de amor que es, te sentirás feliz. Esta es la felicidad de las religiosas. ¿Por qué las religiosas son tan felices a pesar de que se han dedicado a una vida de sacrificios, de servicio al prójimo, de austeridad, de renuncia de placeres de la vida, de obediencia, de humillaciones?

Alguno diría: pobrecitas. ¡Pues son las más felices del mundo! ¡Las más felices de la tierra! La que es buena religiosa, se entiende. Porque la que es religiosa con un pie fuera, no. La que siendo religiosa está apeteciendo el mundo, no. Pero la que ha hecho renuncia de todo corazón, y se entrega a Dios, es la más feliz de la tierra, porque ha dedicado su amor a lo más digno de amor que hay en el mundo, que es Dios. Cuando han puesto su amor en Dios, les saben a poco todos los amores de la tierra. Una religiosa que ha escogido a Dios, ¿va ahora a contentarse con un amor humano? Ella es feliz poniendo el amor en lo más grande que se puede poner; y sintiéndose correspondida como nadie la puede amar en el mundo.

Ésta es la felicidad de las religiosas. Y son tan felices aunque se hayan entregado a una vida de sacrificio y de servicio al prójimo. No importa. Todos los sacrificios que tenga la vida religiosa, se llevan de mil amores. Porque viven el supremo amor, que es el amor de Dios. Y eso aquí en la tierra, aunque lo que conocemos de Dios sea una caricatura. Lo dice San Pablo. A Dios lo conocemos en caricatura. La caricatura se parece algo al original. Pero hay un abismo de la caricatura al original.

***

Pues si aquí en la tierra, que lo que conocemos de Dios es una pura caricatura, y sin embargo comprendemos que merece la pena vivir para Él y amarle a Él sobre todas las cosas, ¿qué será en el cielo cuando veamos a Dios cara a cara? No ya la caricatura, sino tal como es. Veremos lo digno de amor que es. Sentiremos el amor que nos tiene. Eso nos dará una felicidad, como dice San Pablo que: «ni ojo vio, ni oído oyó, ni cabe en mente humana lo que tiene Dios preparado para los que le aman».

Es que no nos cabe en la cabeza, lo que va a ser la felicidad de amar en el cielo. Allí no hay bicicletas, ni falta que hace. Allí se está amando. Eres feliz amando. Y ese amor tuyo a Dios y de Dios a ti, te sacia. No necesitas más. Tienes una felicidad inconmensurable.

Y eso es para toda la eternidad. Que es condición indispensable para ser feliz. Dicha que se acaba, no puede hacerte feliz. Sólo el temor de que se acabe te entristece. Para que una cosa te haga feliz tiene que ser eterna. El amor del cielo es eterno. No se acaba nunca. Por eso te hace feliz. Porque si se fuera a acabar, el pensamiento de que se termina ya te entristece.

Si a un preso le dan una hora de libertad, eso no le hace feliz, porque sabe que le va a durar muy poco. Si a un ciego le dan una hora de visión, eso no le hace feliz, porque sabe que dentro de una hora va a estar ciego de nuevo. Gozará un poquito, gozará una hora, pero el ciego lo que quiere es que la visión le dura toda la vida.

Lo mismo el preso. Lo que quiere es libertad para siempre. Porque si le dan un poquitín de libertad, eso no le hace feliz. Eso no le llena. Para que yo pueda disfrutar de un bien, para que un bien me lIene y me haga feliz, tiene que ser eterno. Como es el cielo. Cielo eterno. Esa es la maravillosa felicidad de la gloria. Amar a Dios, lo más digno de amor que podemos concebir, y sentir el amor de la persona que más me ama. Y esto para siempre. Esta felicidad de amar eternamente, eso es el cielo.

P. Jorge Loring
catholic.net

1 comentario:

  1. . COMO DESARROLLAR INTELIGENCIA ESPIRITUAL
    EN LA CONDUCCION DIARIA

    Cada señalización luminosa es un acto de conciencia

    Ejemplo:

    Ceder el paso a un peatón.

    Ceder el paso a un vehículo en su incorporación.

    Poner un intermitente

    Cada vez que cedes el paso a un peatón

    o persona en la conducción estas haciendo un acto de conciencia.


    Imagina los que te pierdes en cada trayecto del día.


    Trabaja tu inteligencia para desarrollar conciencia.


    Atentamente:
    Joaquin Gorreta 55 años

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