lunes, 17 de febrero de 2014

El único pecado es rendirse: Te Deum de Ben Weasel, católico y líder punk, canta a la esperanza

Doy gracias por la Iglesia de Cristo, luz que ilumina el camino a través de la oscuridad, y que sigue guiando a todos nosotros pecadores en busca de perdón

Benjamin Foster, que en el mundo del arte usa el nombre Ben Weasel es el líder de la histórica banda punk rock de Chicago “Screeching Weasel”, nacida en 1986. Precursor de todo un género musical, ha influenciado profundamente grupos como los Blink 182 y los Green Day (de los que es un gran amigo).

Ben Weasel está considerado en todo el mundo un icono punk no sólo por su música, sino también por sus posiciones originales y no convencionales que han inspirado a muchas generaciones de fans apasionados del rock.

Casado y padre de tres hijos (sólo eso es ya hoy profundamente contracultural) ha dado la enésima prueba de ser una voz distinta por su itinerario espiritual.

Aunque sus padres eran de origen católico, él apenas recibió formación católica de niño. Interesado en lo espiritual, fue durante muchos años un budista convencido. Recientemente redescubrió el catolicismo y lo abrazó con firmeza.

En Navidad, este astro del punk publicó en el semanario italiano Tempi un "Te Deum", una acción de gracias mirando lo que Dios le había dado en su vida y proclamando su agradecimiento. Este es su texto.

El Te Deum del artista punk Ben Weasel

Intento dar gracias a Dios por las cosas bellas de mi vida y, cuando me siento un poco más devoto, también por las asquerosas.

Pero sobre todo doy gracias a Dios por la gracia de la permanencia en la esperanza.

Si lo que Dios quiere de nosotros es el amor, lo que quiere que hagamos, sobre todo, es perseverar. Al final el único pecado es rendirse.

Pienso en Catalina de Siena, que tuvo que soportar las presiones de su familia. Querían que hiciera como las otras muchachas, que se casara. Creían que era como las otras y que habría abandonado esa religiosidad y esa devoción que, a primera vista, parecían graciosas y simpáticas, pero que se convirtieron en bastante irritantes cuando empezaron a interferir en los proyectos que la familia tenía para ella.

Como Cristo ella obedeció a sus padres pero, también como Cristo, perseveró con terca determinación, tan rara entonces como ahora.

Pienso también en los católicos que se quejan de que la Iglesia no evoluciona con los tiempos, y que la instan a cambiar.

Estas peticiones siempre contienen dos afirmaciones: primera, que el cambio (en realidad, el deseo de inclinarse ante las tendencias culturales del tiempo) traerá nuevos fieles y atraerá de nuevo a los católicos no practicantes; segunda, que la ausencia de cambio tendrá como resultado la muerte de la Iglesia.

La primera idea es claramente falsa. No consigo pensar en ninguna institución religiosa que haya conseguido ampliar sus filas reemplazando los preceptos con un montón de distracciones.

En lo que respecta a la segunda, dado que ha sobrevivido dos mil años oponiéndose a los modos del mundo, parece improbable que su rechazo a la ordenación de mujeres como sacerdotes o al matrimonio homosexual signifique el fin de la Iglesia católica.

En realidad, es precisamente gracias a que la Iglesia persiste a pesar de la fuerte oposición por lo que nosotros, patéticos y humildes pecadores, podemos sentir que lo que ella nos ofrece es real y verdadero; que nos podemos arrodillar delante del tabernáculo y, llorando lágrimas de contrición y alegría, mendigar y recibir la piedad del Señor.

El incesante compromiso de la Iglesia por hacer la voluntad de Dios habla a los pobres, a los que están solos y a los desesperados con más fuerza y claridad de lo que nunca lo harán quienes se quejan de su negativa de abrazar las instancias culturales de la modernidad. Que la perseverancia de la Iglesia en proclamar la verdad atrae al que busca. Ciertamente, así fue para mí.

En un cierto sentido, mi vida ha sido a veces difícil a causa, sobre todo, de la ansiedad y la depresión. Pero desde que tengo memoria, por mucho que me haya quejado, por muy difícil que haya sido para mí reconocer el bien en mí mismo y en los otros, por mucho que haya rechazado a menudo lo que era razonable y sensato para elegir lo que me arrastraba hacia abajo, no ha habido un momento en el que haya perdido del todo la esperanza.

También cuando he tocado fondo siempre he tenido la sensación de que había algo mejor en mi camino, una especie de desmesurado optimismo que me obligaba a mirar a cosas más importantes que mis propios problemas.

Recibir esta gracia es un don de potencia que no consigo describir con palabras, especialmente tras haber conocido a tantas personas que se han rendido ante la desesperación.

Doy gracias, por tanto, por el don de la esperanza, sabiendo que me ha llegado de modo completamente inmerecido, y que contagia cada cosa. Es posible tener una esposa bellísima y premurosa, tres hijos maravillosos, una casa en la que crezcan y un trabajo para mantenerlos sólo porque Dios me ha dado esperanza en los momentos de angustia y miseria.

Y doy gracias por la Iglesia de Cristo, luz que ilumina el camino a través de la oscuridad, y que sigue guiando a todos nosotros pecadores en busca de perdón y que, como David, tiene cuerpos que anhelan y almas que tienen sed del Señor.


(Traducción del texto de Tempi.it de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)
Religión en Libertad

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