martes, 10 de junio de 2014

Te preparan "para el momento", pero destruyen tu futuro

Una de las principales problemáticas a la que nos enfrentamos los jóvenes de hoy en la sociedad moderna, es la distorsión del concepto de educación sexual. ¿Cuál es el objetivo de la educación sexual hoy día y qué impacto tiene en el desarrollo del ser humano en nuestra sociedad?

Podemos pensar en la educación sexual de los jóvenes como una herramienta fundamental que nos prepara para un camino de plenitud en la vida marital, sin embargo, el concepto de “educación sexual para el matrimonio” parece diferir completamente de los propósitos de la educación sexual actual.

Los jóvenes en vez de ser educados en el autodominio, respeto y maduración de nuestras personalidades para el amor, somos impulsados al uso, cosificación, abuso y des-subjetivación de la sexualidad.

Sin lugar a dudas, muchos de las ideas en cuanto a la libertad sexual de hoy provienen del desgaste de la liberación y revolución sobre el cuerpo, de la década de los ´50. Sociedades oprimidas ideológica e intelectualmente, encontraron su manera de rebelarse, no solo desde las ideas, sino, con la falsa expectativa de que llevando el cuerpo al extremo de su uso cosificado, se lograría cierto estado de descubrimiento de los sentidos y alcance de placer, felicidad, goce, conocimiento, etc. La idea de experimentar con el cuerpo como forma de llegar a la comprensión de lo Absoluto.

Sin embargo, esto no hizo más que distanciar al hombre de sus ideales, en tanto esa “experimentación” cosifica a la persona, desvinculándola de su unión con el otro para ser uno, alejándola del amor verdadero que aspira descubrir y vivir. Hoy vivimos bajo los estragos de las consecuencias de esas sociedades liberales, que confundieron los vínculos desde la alienación de lo físico y la rendición al placer, y así nos encontramos tristemente en una sociedad que potencia el uso y abuso del cuerpo como herramienta de superación, desde la inmediatez y la falta de intimidad.

Ya sabemos que hoy en día vivimos la cultura del “ahora” donde nada puede esperar, y a eso le sumamos que las satisfacciones de los deseos, no solo son “inmediatas” sino que además, son objetivizadas: En una relación entre dos personas, no parecen importar las personas, ni el vínculo amistoso y puro entre ellos, sino la autosatisfacción del deseo propio, con el cuerpo del otro. tampoco parece importar el bien del otro.

Pero paradójicamente, al no haber un vínculo sólido y permanente entre las personas, al no ser una unión verdadera, no hay satisfacción profunda. Todo es cuestión de un momento fugaz, que no llena, que no deja nada, sino tan solo la certeza de que eso no alcanza, y la angustia del vacío de cuando la persona es tomada como un objeto y descartada después de su uso.

Como consecuencia, se buscan nuevas satisfacciones, del mismo tipo o de otros tipos, con otras personas-objetos, las cuales serán igualmente insatisfactorias, y así hasta la perversión total del propio cuerpo y de las relaciones.

Este círculo vicioso, lleva a la destrucción de la autoestima de la persona, ataca directamente su confianza y su deseo natural de preservación. Nadie quiere sentirse como un trapo sucio, roto y desechable, pero al mismo tiempo podemos llegar a convencernos de serlo, sin poder ya escapar de esa sensación.

No hay duda de que los jóvenes poseemos cierta sabiduría natural de cuidado y preservación de nuestro cuerpo. Sabemos qué es lo mejor y más sano para nosotros, porque ninguno de nosotros quiere ser maltratado y devaluado. Pero vivimos una sociedad que nos empuja constantemente a ir en contra de esa sabiduría natural, invitándonos al “autodescubrimiento” y “autoexploración” desde lo sexual.

Los medios de comunicación son uno de los principales influyentes en el despertar temprano a la sexualidad. Incluso los programas de telenovelas adolescentes nos incitan a cierta experimentación con el otro, y nos empujan a un viaje de iniciación hacia la vida sexual. Los anuncios publicitarios fomentan no pocas veces la viveza y falta de valores en el trato hacia el otro, así como también la provocación, el exceso, la falta de recato y modestia, particularmente en las mujeres. También nos convencen de la necesidad de cambiar imperiosamente nuestros cuerpos —ya desde niñas— por el cuerpo estandarizado de una “mujer” adulta y de cierto “modelo de belleza” inalcanzable para nosotras. Muchas jóvenes se ven presionadas a tener más o menos tamaño en las partes de su cuerpo, para poder sentir la ilusión de que de esa manera serán más valoradas por los chicos. Pero antes de dar ese paso, antes de ser convencidos por la publicidad, por las telenovelas, por las revistas o por el bombardeo pornográfico, ninguna niña quiere ser mirada como un pedazo de carne, ningún joven inocente siente la necesidad de usar a otra persona.

Vivimos la proximidad, la inmediatez de obtener lo que queremos velozmente, con la vaga idea de que esa es la solución real de nuestros problemas, incluso no solo aparece como solución a los problemas, sino como un reto, una curiosidad por experimentar el placer del que todos hablan “maravillas”, por “querer ser como dioses” en lo que respecta al sexo, por “no ser aburridos”, “atreverse”, liberarse, disfrutar, divertirse, pero no es más que la “solución” de momento, es hacer lo que hacen todos.

Erich Fromm, un psicólogo que ha dado mucha luz a la comprensión de las sociedades, ha advertido sobre la trampa mortal de esta “validación consensuada”:

“Se supone ingenuamente que el hecho de que la mayoría de la gente comparta ciertas ideas y sentimientos, demuestra la validez de esas ideas y sentimientos. Nada más lejos de la verdad. El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que compartan muchos errores no convierte a éstos en verdades, y el hecho de que millones de personas padezcan las mismas formas de patología mental no hace de esas personas gente equilibrada.” (Fromm, Erich: ¿Puede estar enferma una sociedad?, en: Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, FCE, 1955).

Nos encontramos en una sociedad que no crea los caminos correctos para que los jóvenes nos insertemos ante la realidad hermosa de la sexualidad desde el dominio propio, sino que corrompe bajo la idea de una falsa “liberación sexual”, de que todo tipo de comportamiento sexual “es sano y normal”, de que todo está permitido y de que hay que dar rienda suelta a nuestros impulsos sexuales siempre y cuando haya consenso y “nos cuidemos”. Es una sociedad que utiliza las herramientas de ejercicio de poder, como los medios de comunicación y las leyes, para convencer fácilmente y dirigir a las masas por donde quieren.

No hay que olvidar que el que escribe el guión del programa juvenil de moda, no es un adolescente. Tal vez bajo el argumento de que sabe “lo que los jóvenes quieren” —porque ha estudiado algo de sicología para poder manipularlos— le vende a los jóvenes algo seductor pero que en el fondo no quisieran, sin poder escapar por estar presos de esta sociedad y sus malas costumbres. Y como sociedad, ¿reflexionamos acaso acerca de dónde viene esa persona que escribe esto, a qué generación pertenece, cuál es su ideología, qué tipo de entramado social está formando?

Pensemos también sobre los gobiernos que bajo la excusa de ser progresivos, fomentan la educación de la sexualidad como una ruptura de los mandatos opresores sobre la idea del placer y el sexo, vendiéndose como los educadores (claro, sin ninguna responsabilidad) de lo que nadie le quiere contar a los jóvenes para que la pasen mejor y vivan en plenitud. Otra vez el concepto de que “el que conserva su pureza es un reprimido o enfermo”, y frente a eso, la propuesta de un portal de sabiduría, que abre la mente y el descubrimiento del cuerpo para la vida en plenitud.

¿Qué se presenta en cambio como vivir en plenitud y libertad, sanamente? Seguramente, tener relaciones con alguien sin haber establecido un vínculo sano y puro, es decir, libre de egoísmo, sin un compromiso serio como lo es el vínculo matrimonial, y quedar vacío por haberse entregado al arrebato y a la búsqueda de satisfacción de un momento. Plenitud y libertad no es vivir la cultura del descarte. No es cosificar al otro, ni a nosotros mismos, ni ser cómplices y consumistas de una sociedad que impulsa a la corrupción de todo aquello que sea puro.

Difícil y ardua tarea la de los grupos defensores de la pureza: frente a manuales que nos enseñan cómo vivir la sexualidad “sin complejos ni tabúes”, la tarea de hoy es enseñarle a los jóvenes que el gobierno de sus pasiones y de sí mismos les permitirá vivir el amor puro, no posesivo, que se entrega al otro por el bien del otro, en vez de tomar algo del otro o al otro para su propia satisfacción.

En este caso, vivir la sexualidad será que le demos al cuerpo su real valor como persona humana, digna de amar y ser amada con pureza y respeto. En aquel caso será darle al cuerpo el valor de una herramienta, que será usada para obtener, de manera obsesiva y manipuladora, lo que sea, del modo que sea, cueste lo cueste.

Sabemos que no somos entidades disociadas: somos uno, en mente, alma y cuerpo, y precisamente la entrega debe ser absoluta y única, no descartable, a la persona que nos reciba también en una mutua entrega.

Sabemos que nuestra salud integral y pureza es valiosa. Cuidando nuestro cuerpo y nuestra sexualidad, sin dejarnos llevar por los impulsos sexuales sino gobernándolos como señores de ellos, podemos construirnos realmente y construir un amor verdadero con otras personas dispuestas a vivir lo mismo que nosotros.

No olvidemos estar alertas a esas tramposas “validaciones consensuadas”. No tengamos miedo de ir contracorriente, contra lo establecido, contra las modas elaboradas por algunos pocos para tenernos dominados y sometidos gracias a la destrucción de nuestras propias voluntades y a la obsesión por el sexo que no se cansan de alimentar.

Romina Tovar Sassone
La Opción V
catholic.net

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