jueves, 25 de septiembre de 2014

El proyecto de tu vida

¿Alguna vez te has sentado a reflexionar sobre el proyecto de tu vida? Posiblemente lo hiciste en tu adolescencia o al comienzo de tu juventud.

Quizás también en un momento de dificultad. Muy probablemente no lo hayas hecho desde entonces. Cualquiera que sea la etapa en que te encuentres ahora, te invito a que te tomes unos momentos de silencio y de tranquilidad para pensar un poco sobre ésto. Te aseguro que no te arrepentirás.

Me preguntarás para qué hacerlo. Te lo diré: te ayudará a evitar sorpresas desagradables en un futuro.

Vivimos en un mundo en que las actividades y las cosas no nos dejan tiempo para pensar. Nos hemos subido a un tren de vida con sus horarios y sus obligaciones y corremos el riesgo de olvidar el destino a donde queremos llegar. En no pocas ocasiones, las prisas y las tensiones nos hacen tomar decisiones a la ligera que sin darnos cuenta nos alejan del tipo de persona que queremos ser. Un buen día nos despertamos y no reconocemos en nosotros los valores que decimos defender. Y en ese momento, o retomamos el camino, o nos dejamos llevar por las circunstancias sin saber a dónde nos llevarán. Es conveniente, por esto, sacar de vez en cuando la brújula de nuestra vida para ver si seguimos por buen camino o si es necesario virar en alguna otra dirección.

Lo primero es preguntarnos si sabemos a dónde queremos ir. Esto es elemental, pues no podemos tomar ninguna decisión sin esta información. ¿Qué quiero realmente de mi vida? El trajeteo muchas veces nos hace vivir sin una meta en concreto. ¿Qué es importante para mí? ¿Pasarla bien y ya? ¿Ganar mucho dinero? ¿Hacer carrera? ¿Ayudar a alguien? ¿Sacar adelante mi matrimonio y mi familia? ¿Hacer algo para que este mundo sea mejor? ¿Hacer a alguien feliz?

Es importante verificar que nuestra meta valga realmente la pena. Que no sea pasajera ni superflua. Sirve mucho imaginarse a una misma de 80 años y tratar de pensar en lo que «fue» nuestra vida. Pensar en lo que me gustaría haber hecho para entonces, y cómo quisiera haber llegado a esa edad. El tener nuestro ideal ante los ojos nos ayudará a mantenernos firmes ante las dificultades cuando todo parezca invitarnos a tirar la toalla.

Así lo hizo Sandra. Hace unos años vivía sólo para sus hijos. Cuando todavía eran pequeños asistió a la boda de sus sobrinos, lo que le hizo proyectar su vida y verse al cabo del tiempo a solas con su marido, como ahora lo estaba su hermana. Haciendo esto se dio cuenta de que había postergado un poco la relación con su esposo. Recapacitó y cambió de actitud. Sin descuidar a sus hijos, decidió dedicar más tiempo y entusiasmo a su marido. Gracias a esto su matrimonio salió a flote cuando se encontraron solos, y ahora viven felizmente una nueva etapa de su vida, en contraste con otras parejas que han naufragado al quedarse el nido vacío.

Teniendo clara la meta, debemos preguntarnos dónde nos encontramos. De no hacerlo corremos el riesgo de tomar el camino equivocado y nunca llegar a donde queremos. En este punto hay que ser muy objetivas y valientes. Vernos como realmente somos y no como nos gustaría que nos vieran. Se puede dar el caso de que nos hayamos desviado del camino. Que estemos mucho más lejos de lo que pensábamos y hasta que vayamos por el rumbo opuesto. Esto nos puede doler y hasta avergonzar. ¡No hay que desilusionarnos ni desmotivarnos! Lo importante es que nos demos cuenta para poder retomar nuestra dirección.

Una vez aceptada nuestra realidad, no hay que quedarnos ahí, es necesario marcar la ruta a seguir para acercarnos a nuestra meta. Aquí es importante ser muy realista. No todo está en nuestras manos. Aceptar con buen ánimo lo que no podemos cambiar nos ayudará a no amargarnos la existencia. Pero eso sí, no hay que omitir lo que esté a nuestro alcance. Habrá ocasiones en que será necesario cambiar de actitud ante una persona. Esto no se hace en un día, pero poco a poco se irá avanzando. En otros casos se tratará de reorganizar nuestras prioridades y el uso de nuestro tiempo. Habrá que hacerlo en sintonía con quienes estén implicados para que se dé de la mejor manera. Si para mí lo más importante es mi familia, tengo que asegurarme que le estoy dedicando el tiempo necesario. Si esto significa cambiar mis actividades, ahora es cuando. Si dentro de mis prioridades está ayudar a los necesitados, será muy conveniente pensar en modos prácticos de hacerlo. De otro modo me quedaré con muy buenas intenciones pero que nunca se harán vida. Es importante concretar los buenos propósitos para que lleguen a ser realidades.

Otro punto del realismo será el no tratar de cambiar todo al mismo tiempo. Tengo que ver cuál es el obstáculo más grande que me impide llegar a ser lo que yo quiero ser y empezar por ahí. Sin olvidar que Roma no se construyó en un día. La constancia en mis determinaciones será la clave del éxito. Me puede llevar muchos años en llegar a donde quiero. Lo importante es revisar el mapa constantemente, y mientras vayamos en la dirección correcta, todo está asegurado.

Sirve mucho escribir los propósitos o el proyecto de vida para que no se olvide. Revisarlo de vez en cuando ayuda a renovarlo y a irlo poniendo en práctica poco a poco. Sólo tenemos una vida para dejar huella en este mundo y al final lo único que queda es el bien que hayamos hecho a los demás. Un poco de reflexión no nos hará daño, y podrá hacer la diferencia en nuestra vida.

Liliana Esmenjaud
Mujer Nueva
fluvium.org
iglesia.org

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