jueves, 1 de octubre de 2015

Si Dios existe… ¿por qué hay tanto mal en el mundo?

No es lo mismo escribir dios que Dios. Con o sin mayúscula porque cuando nos referimos a un ser singular y concreto, lo escribimos con mayúscula. Y Dios es un ser singular y concreto. Por tanto, partimos del hecho de que Dios es el Ser del cual proviene toda existencia (cosa que no implica que todo sea Dios). Y además, es ser personal, consciente, tal y como puede constatarse en incontables pasajes de la Biblia. No es una especie de energía o un conjunto de leyes. No.

La segunda idea es pues, que Dios tiene una manera concreta de ver las cosas, un punto de vista propio sobre todo lo que pasa. Sobre todo lo que nos pasa. Además, por ser Él la Verdad, Su conocimiento es absoluto y veraz.

La tercera y última idea es que Dios no permite el mal porque sí. En palabras de San Agustín “Porque el Dios todopoderoso […] por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal” (San Agustín, Enchiridion de fide, spe et caritate, 11, 3).

Si hasta aquí estamos de acuerdo, continuamos.

Muchas veces no entendemos el por qué nos ha pasado esto o aquello: una enfermedad terminal, la muerte de un ser querido, una guerra o suspender un examen que habíamos preparado a conciencia. Y es que hay ocasiones que humanamente son difíciles de explicar. Conocemos el qué, pero no el por qué que le precede. Así, hemos dicho que si Dios permite algo, aunque sea un mal, es para sacar un bien mayor de esa circunstancia o suceso.

Aquí entra la visión sobrenatural, que no es más que ver la vida con los ojos de Dios. Sin quedarse en el plano meramente humano. De esta manera damos un relieve nuevo a nuestra vida y, aunque aun así sigamos sin entender el por qué de algunas situaciones, no perderemos de vista que es Dios quien está detrás y que algo bueno sacará de allí, por muy negro que lo veamos todo. Nos ayudará a mantener la alegría y la confianza en el Señor, a mantener la paz en nuestra alma y a conocer e identificar nuestra voluntad con la suya en todo momento, llevando así una vida propiamente cristiana, imitando a Cristo.

La pregunta ahora es: ¿Cómo se consigue esta visión sobrenatural? La respuesta: mediante la oración y la práctica de los sacramentos. Cultivando la vida interior. Tratando a Jesús, conociéndole, luchando por mantener la presencia de Dios a lo largo del día buscándole en nuestros quehaceres diarios.

Es un círculo virtuoso. Cuanto más cerca de Dios estemos y más le conozcamos, más fácil nos será ver con sus ojos. Y cuanto más veamos con sus ojos, más fácil será identificar nuestra voluntad con la suya y acercarnos más a Él.

La Virgen María, María madre nuestra, nos da claro ejemplo:

“[…] Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios […]” (san Lucas 2, 16-21)

En definitiva, puede que haya muchas ocasiones en las que no entendamos lo que nos está sucediendo; pero, llenos de fe y de vida, hemos de confiar en Dios porque sabemos que Él tiene sus motivos, a veces ocultos a los hombres. También, no podemos olvidar que siempre tenemos la posibilidad de acudir a María y encomendarnos, pedirle que nos ayude a estar muy cerca de su hijo. Que nos enseñe a quererle.

jóvenescatólicos.es

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