martes, 10 de mayo de 2016

La vida como «signo»

La vida como «sacramento» del amor de Dios
que se nos ha manifestado en Cristo


1. El hombre es sacramental

Sacramento es una palabra que viene del latín «sacramentum» y significa «signo», «señal». Sacramento es, pues, algo que nos descubre, nos revela, nos manifiesta otra realidad que, de lo contrario, se nos quedaría oculta.

Por eso, podemos decir que el hombre es sacramental, tiene una estructura sacramental. En el ser humano hay todo un mundo íntimo, invisible, misterioso que se descubre, se desvela, se manifiesta a través del cuerpo. El hombre es miedo, amor, ternura, gozo, tristeza, proyectos, interrogantes, cansancio, debilidad, entusiasmo, pasión, solidaridad, lucha, esperanza...

Es todo un mundo de vida, de interioridad que se revela y se encarna hacia fuera a través de la corporalidad. Nuestro cuerpo es el gran sacramento, el medio de expresión que nos permite manifestarnos y comunicarnos con los demás. Las miradas, los gestos, las palabras, la sonrisa, el beso, los abrazos, los golpes, las manos, el rostro... el cuerpo entero nos permite "sacramentalizar", es decir, expresar y vivir todo lo que hay en nuestro interior. Gracias al cuerpo nos expresamos, nos realizamos, nos comunicamos, nos encontramos con los demás. Podemos decir que el hombre es sacramental, es algo interior, invisible, espiritual, que se expresa y se realiza en y a través de un cuerpo visible, sensible, palpable. El ser humano vive, crece, se realiza de manera sacramental.

2. La necesidad de sacramentalizar la vida

Precisamente, debido a su estructura sacramental, el ser humano siente la necesidad de "sacramentalizar" la vida. Y cuanto más profundamente se vive a sí mismo y más profundamente vive su relación con las personas y con las cosas, más hondamente siente esta necesidad de «sacramentalizar» su vida.

Los antropólogos dicen que el hombre se hace presente en el mundo a tres niveles: En un primer nivel, el ser humano se asoma al mundo como un extraño. Apenas conoce ni entiende nada. El hombre primitivo (o el niño actual) se admira ante las cosas y los fenómenos. Contempla todo con curiosidad, se asombra, teme, adora, venera. Es la primera actitud, la más primitiva y elemental, básica. En un segundo nivel, el hombre va dominando las cosas y los fenómenos. Los analiza, los controla, los trabaja, los domestica, los transforma, los organiza. Es el "homo faber" que desarrolla la ciencia, la técnica, el dominio del cosmos. Hay un tercer nivel, cuando el hombre se acerca a las cosas y a los hechos para darles un valor simbólico. Las cosas ya no son entonces meros objetos para ser contemplados o para ser trabajados y dominados. Se convierten en signos, señales, llamadas. Entonces las cosas y los hechos son portadores de un mensaje, de una vivencia. Adquieren un valor sacramental. Vamos a verlo de manera más concreta:

El hombre sacramentaliza de manera particular algunas cosas: todos los árboles pueden ser recuerdos de experiencias vividas bajo su sombra, pero aquel árbol del caserío tiene algo especial; todas las cocinas pueden ser evocadoras, pero la cocina de la casa donde uno nació guarda algo único.

El hombre sacramentaliza de manera particular algunos hechos: se toman muchas copas, pero es distinta la copa para celebrar un encuentro; se come todos los días, pero es diferente un banquete de bodas, una cena íntima...

El hombre sacramentaliza algunos momentos o fechas particulares: todos los días parecen iguales, pero es diferente el día del aniversario de bodas, el cumpleaños, la fiesta del pueblo, el día de una despedida, de un encuentro. El hombre sacramentaliza también algunas personas de manera muy especial: todas las personas pueden despertar nuestro amor o amistad, pero hay personas únicas: la novia, el abuelo, la madre, el amigo.

Es decir, el hombre no sólo es sacramental sino que va cargando de valor simbólico o sacramental el mundo en que vive. Va sacramentalizando su existencia y todas esas cosas, hechos, momentos, personas se convierten en pequeños o grandes «sacramentos» que evocan, alimentan y acrecientan su existencia.

José Antonio Pagola
encuentra.com
iglesia.org

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