viernes, 9 de diciembre de 2016

De la Santa Misa y cómo se ha de oír

por San Francisco de Sales

No te he hablado aún del sol de los Ejercicios espirituales, que es el santísimo y soberano Sacrificio de la Misa, centro de la Religión cristiana, alma de la devoción, vida de la piedad, misterio inefable que comprende el abismo de la caridad divina, por el cual, Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica con magnificencia sus gracias y favores.

La oración, unida con este divino Sacrificio, tiene una indecible fuerza, de modo que por este medio abunda el alma de celestiales favores, como apoyada sobre su amado, el cual la llena tanto de olores y suavidades espirituales, que parece una columna de humo producida de las maderas aromáticas de mirra y de incienso y de todos los polvos que usan los perfumadores, como se dice en los Cantares.

Procura, pues, con toda diligencia oír todos los días Misa para ofrecer con el sacerdote el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Allí están presentes muchos ángeles, como dice San Juan Crisóstomo, para venerar este santo misterio; y así, estando nosotros con ellos y con la misma intención, es preciso que con tal compañía recibamos muchas influencias propicias. En esta acción divina se vienen a unir a nuestro Señor los corazones de la Iglesia triunfante y los de la Iglesia militante, para prendar con El, en El y por El el corazón de Dios Padre, y apoderarse de toda su misericordia. ¡Oh, qué felicidad es para un alma contribuir devotamente con sus afectos a un bien tan necesario y apetecible!

Si por algún estorbo inexcusable no puedes asistir corporalmente a la celebración de este soberano Sacrificio, a lo menos envía allá tu corazón, asistiendo espiritualmente. Para esto, a cualquiera hora de la mañana mira con el espíritu a la Iglesia, ya que no puedes de otro modo; une tu intención con la de todos los cristianos y haz desde el lugar en que te halles los mismos actos interiores que harías si te hallases realmente presente en la iglesia al santo Sacrificio.

Para oír Misa como conviene, ya sea real, ya espiritualmente, has de seguir este método:

1. Desde el principio has que el sacerdote sube al altar prepárate juntamente con él, lo cual harás poniéndote en la presencia de Dios, reconociendo tu indignidad y pidiéndole perdón de tus defectos.

2. Desde que el sacerdote suba al altar hasta el Evangelio, considera sencillamente y en general la venida de nuestro Señor al mundo y su vida en él.

3. Desde el Evangelio, hasta concluido el Credo, considera la predicación del Salvador, protesta que quieres vivir y morir en la fe y obediencia a su santa palabra y en la unión de la Santa Iglesia Católica.

4. Desde el Credo hasta el Pater noster contempla con el espíritu los misterios de la Pasión y muerte de nuestro Redentor, que actual y esencialmente se representan en este santo Sacrificio, que has de ofrecer, juntamente con el sacerdote y con el resto del pueblo, a Dios Padre para honra suya y salvación de tu alma.

5. Desde el Pater noster hasta la Comunión, esfuérzate a excitar en tu corazón muchos y ardientes deseos de estar siempre junta y unida a nuestro Señor con un amor eterno.

6. Desde la Comunión hasta el fin, da gracias a su Divina Majestad por su encarnación, vida, Pasión y muerte, y por el amor que nos muestra en este santo Sacrificio, pidiéndole por él que te sea siempre propicio a ti, a tus parientes, a tus amigos y a toda la Iglesia, y humillándote de todo corazón recibe devotamente la bendición divina que te da nuestro Señor por medio de su ministro.

Pero si quieres tener mientras la Misa la meditación de los misterios que vas siguiendo por orden todos los días, no es necesario que te diviertas en hacer estos actos particulares: bastará que al principio hagas intención de que el ejercicio de meditación y oración que tienes sirva para adorar y ofrecer este santo Sacrificio, puesto que en cualquiera meditación se encuentran los actos arriba dichos o ya expresos, o a lo menos implícita y virtualmente.

aciprensa.com

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jueves, 8 de diciembre de 2016

Inmaculada Concepción de María


Fiesta: 8 de diciembre

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión:

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María.

Nadie mejor que Ella, la Virgen Madre del Redentor, nos puede ayudar a disponernos interiormente para el nacimiento de su divino Hijo.

Recuerdo que, cuando era niño, escuché de los labios de mi madre una oración bellísima, que siempre me ha fascinado: “Bendita sea tu pureza/ y eternamente lo sea,/ pues todo un Dios se recrea/ en tan graciosa belleza./ A ti, celestial Princesa,/ amada Virgen María,/ te ofrezco en este día/ alma, vida y corazón./ Mírame con compasión,/ y no me dejes, Madre mía./ Amén”. En esta sencilla plegaria, al igual que en el Avemaría, se encuentra condensada la fe del pueblo cristiano que reza a María, su Madre, invocándola con el singular título de “Inmaculada”.

La Iglesia Católica, casi desde sus inicios, consideró a la Virgen María como purísima y sin ninguna mancha de pecado original. Muchos Santos Padres y teólogos habían defendido la pureza intacta de María, como, por ejemplo, san Gregorio Nazianceno, Orígenes, Tertuliano, san Basilio de Cesarea, san Cirilo de Alejandría, san Efrén de Siria, san Ambrosio y san Agustín. Pero, curiosamente, el dogma de la Inmaculada Concepción no fue definido sino hasta el año 1854 por el Papa Pío IX, de feliz memoria. En la bula “Ineffabilis Deus” proclamaba solemnemente que “la Bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano”. Son las palabras textuales de la declaración de este dogma de fe.

El Evangelio de la fiesta de hoy nos presenta el pasaje de la Escritura en el que la Iglesia ha visto de forma clara, pero implícita, la afirmación de este dogma mariano. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” son las palabras que el ángel dirige a María, al entrar a su presencia, para comunicarle el mensaje que le traía de parte de Dios. Esta definición, “llena de gracia”, le viene aplicada a María en un sentido pleno y total. Ella es la “toda hermosa”, la “tota Pulcra”, como siempre la han llamado todos los cristianos desde tiempo inmemorial y como canta la Iglesia en las vísperas de esta festividad.

La palabra “gracia” –del griego, “charis”–puede significar “favor, perdón, amnistía” –como cuando decimos que un condenado a muerte ha obtenido la gracia–. Pero significa también “belleza, encanto, fascinación”. Y éste es el sentido que se aplica aquí a María. Ella es la más bella de todas las creaturas; pero no nos referimos sólo a una belleza física, sino sobre todo espiritual: la belleza de su alma por sus virtudes, por su santidad, por la elección divina; porque ha sido totalmente preservada de la mancha del pecado; en una palabra, porque en Ella, en su vientre, alma y corazón, reside el mismo Dios. Ella es “llena de gracia” porque es toda pura y porque Dios la ha elegido para ser la Madre de su Hijo. Ella es “graciosa” porque ha sido “agraciada” de parte de Dios. Ella es, en efecto, “la más hermosa de entre todas las mujeres, la amada del Señor, en quien no hay ninguna tacha” –como canta poéticamente el Cantar de los Cantares–.

Fedor Dostojevskji decía que “el mundo será salvado por la belleza”. Y tenía razón. Pero por esta belleza espiritual que resplandece en el alma de María; por la belleza sin igual de sus virtudes, de su santidad, de su pureza virginal y de su condición de Virgen y Madre Inmaculada.

Ojalá que también nosotros, todos los cristianos, imitemos a nuestra Madre del cielo en su pureza de cuerpo y alma. ¡Son tan hermosas las almas puras! Ojalá los jóvenes y las jovencitas entendieran que la verdadera belleza, la que nunca acaba y la que siempre perdura no es la belleza caduca y engañosa que se exhibe en las formas del cuerpo, sino la belleza limpia del alma santa, la inocencia de la virtud y la pureza del corazón. Pidamos hoy a María Santísima, nuestra Reina y Madre Inmaculada, que nos haga cada día un poco más semejantes a Ella.

P. Sergio Cordova
catholic.net

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Tiempo de alegrarse con María

Junto a otras muchas consideraciones que obtenemos de la meditación de los textos litúrgicos del tiempo de Adviento, hay una que no me gustaría olvidar.

«Estamos ya habituados al término «adviento» -decía el Papa el 29 de noviembre de 1978-; sabemos qué significa; pero precisamente por el hecho de estar tan familiarizados con él, quizá no llegamos a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto. Adviento quiere decir "venida". Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para quién viene? En seguida encontramos la respuesta a esta pregunta. Hasta los niños saben que es Jesús quien viene para ellos y para todos los hombres. Viene una noche en Belén, nace en una gruta que se utilizaba como establo para el ganado. Esto lo saben los niños, lo saben también los adultos que participan de la alegría de los niños y parece que se hacen niños ellos también la noche de Navidad.»

Gran sabiduría la del Papa. Necesitamos volver una y otra vez sobre las verdades más conocidas, para ahondar en ellas y arrancarles luces nuevas: ¿Quién viene? Jesús. ¿Quién es Jesús? Es Cristo, el Mesías, el Salvador, el Señor. ¿Quién es Cristo? De nuevo responde el Papa: «Cristo es la alfa y la omega, el principio y el fin. Gracias a Él, la historia de la humanidad avanza como una peregrinación hacia el cumplimiento del Reino, que él mismo inauguró con su encarnación y su victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso, Adviento es sinónimo de esperanza: no es la espera vana de un dios sin rostro, sino la confianza concreta y cierta del regreso de Aquél que ya nos ha visitado, del "Esposo" que con su sangre ha sellado con la humanidad un pacto de eterna alianza. Es una esperanza que estimula la vigilancia, virtud característica de este singular tiempo litúrgico. Vigilancia en la oración, alentada por una expectativa amorosa; vigilancia en el dinamismo de la caridad concreta, consciente de que el Reino de Dios se acerca allí donde los hombres aprenden a vivir como hermanos».
 

ESPERAMOS A UN DIOS CON ROSTRO

Esperamos a un Dios con rostro; con un rostro humano que es verdaderamente de Dios. Es el misterio esencial del cristianismo, el misterio de la Encarnación. No somos náufragos a la deriva con esperanzas inciertas de salvación. No somos nosotros los que hemos de construir puentes entre la tierra y el cielo. Hay un puente, un Pontifex, un constructor de puentes que se ha hecho él mismo Puente: Jesucristo, Dios humanado. Dios que busca al hombre. El amor a Dios no procede del hombre, es Dios quien nos ha amado primero y ha venido a buscarnos, a darnos su amor y su vida para salvarnos y vuelve una y otra vez, año tras año con rostro de niño.

Podía haber venido con rostro de adulto, poder tenía para ello, como pudo ser concebido en el seno virginal de María Inmaculada. Pero no, quiso asumir nuestra existencia enteramente igual a la nuestra con la única salvedad del pecado. Llega a la tierra despojado de toda gloria divina y de toda posible gloria humana. Ese minúsculo ser humano casi invisible es sacratísimo, tiene valor divino, es la naturaleza humana de una Persona divina. Es la fulminación de la soberbia, de la vanagloria, de la codicia, de la envidia, de la estupidez. Es el inicio de una nueva era de la Humanidad. Dios ya tiene rostro humano. Hay un rostro humano que manifiesta el rostro de Dios. Hay un embrión que es Dios y se está gestando en el seno de una Virgen.
 

ADVIENTO, TIEMPO MARIANO

Tiempo para acompañar a la Virgen grávida durante las últimas semanas de su Buena Esperanza, cuando el peso de Jesús se hace sentir más. Ella va nutriendo en su seno -teje que teje- la naturaleza humana del Hijo Unigénito del Padre. Y siente el peso, un peso dulce, del Hijo de Dios humanado.

Vive a la letra lo que unos siglos más tarde dirá lapidariamente san Agustín: «mi amor es mi peso» (Amor meus, pondus meus). Se refería el obispo de Hipona a que así como todas las cosas tienden a su centro de gravedad, su corazón se precipitaba al Amor inmenso de Dios, como atraído por irresistible imán. María llevaba en su seno inmaculado el verdadero Centro de todas las cosas, de todo amor, que bien es llamado Amor de los amores. ¡Qué peso! ¡Qué responsabilidad! ¡Qué cuidado! ¡Qué olvido de sí!

Adviento es tiempo para acompañar a Nuestra Madre y «ayudarla» a llevar el peso de Dios, el peso de Jesús hasta Belén. Es tiempo de confidencias con la Portadora de Dios Hijo hecho Niño en su seno (Cristófora). Es muy necesario, porque lo más parecido a la Santísima Virgen de viaje a Belén es el cristiano de viaje por el mundo, sobre todo cuando acaba de recibir a Jesús Sacramentado (cristóforo). Normalmente, el cristiano que vive de la fe, está en gracia de Dios y es templo del Espíritu Santo, tanto como decir asiento de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo inhabitan en el alma del «justo». Habitualmente en nuestro corazón hay «un cielo». Habita o -según dicen los teólogos reforzando la expresión- «inhabita» Dios Uno y Trino.

-¿Cómo es posible? ¡Si no se nota nada!

Bueno, preciso es reconocer que nuestra sensibilidad es escasa. San Pablo dice que el Espíritu Santo clama en nuestro corazones el grito de nuestra filiación divina: «Abbá!», ¡Padre! (más exactamente: ¡Papá!). Escucha. ¿No oyes? Tal vez te faltan algunos años de silencio interior. Tendrías que empezar ya a entrenarte un ratito cada día. Lo mejor sería acudir a la Virgen:

-Mamá, no oigo nada.

-Ven, hijo mío. Con este tapón en los oídos, ¿cómo vas a oír?

Su maternidad se extiende a tantas gentes; y muchas no conocen a su Madre ni a su Padre, no saben de su filiación divina ni de su filiación mariana y andan por derroteros que separan de su Hijo. Ha de ser un peso grave éste, para Ella.

Con Ella se aprende a llevar el peso de Dios, y de todo lo que es de Dios, lo que Dios ha querido poner sobre nuestros hombros.

En primer lugar, el peso de la propia existencia, que al avanzar el tiempo va haciéndose más gravoso. La famosa «levedad del ser» sólo puede parecer al que vive en la espuma de la vida; no a quien vive la existencia en profundidad. En ocasiones incluso el «ser», la existencia, la vida, puede hacerse muy pesada. Además, a menudo, es preciso llevar el peso de otros, según la máxima del Apóstol: «llevad los unos las cargas de los otros». En ocasiones, se hace largo el camino. Sucede que «a veces me canso de ser hombre», como escribía el poeta.

Con María comprendemos mejor que el yugo de Cristo es suave y la carga ligera: Él la lleva con nosotros.

Es preciso ver en el peso del trabajo, de las relaciones familiares, profesionales, sociales, el peso de Dios, que, al llevarlo con Él, resulta más liviano y gozoso. De este modo vivimos el espíritu de penitencia y purificación -tan propio del tiempo de Adviento-, como debe ser, con alegría honda, esperanzada y agradecida. Con la oración, el sacrificio y la limosna. Dios carga sobre nosotros para que con Él, por Él y en Él santifiquemos esa existencia nuestra, santificando todo lo que toquemos: los deberes de estado, los deberes de cristianos coherentes.
 

TIEMPO DE ALEGRARSE CON MARÍA

Adviento es tiempo para conversar con María acerca de los puntos que tenemos en común, comenzando por el saludo del Ángel: ¡Alégrate!

¿Acaso un cristiano no ha oído nunca de parte de Dios a un ángel -un padre, una madre, un hermano, un amigo, un pastor- que le haya dicho «¡alégrate!», porque eres cristiano, porque has hallado gracia ante Dios, porque en las aguas del bautismo el Espíritu ha descendido sobre ti, te ha ungido y te ha llenado de gracia, te ha hecho santo, hijo de Dios, consorte de la divina naturaleza, partícipe de la vida divina? ¿Nunca te ha dicho nadie esto? Pues ya va siendo hora.

La alegría será progresiva, a medida que se incremente el peso.

María es mujer singular, belleza única. Pero los hijos de Dios participan de todas las facetas de su belleza, de su gracia. Descúbrelas. Acércate, pregunta, infórmate. Decía Juan Pablo II aquel 29 de noviembre de 1978: «El hombre tiene el derecho, e incluso el deber, de preguntar para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría. Precisamente para esto disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos penetrar en esta verdad esencial del cristianismo cada año de nuevo». Si Dios quiere y nos da tiempo. Algo podremos hacer desde aquí.

Se columbra una Luz a lo lejos. Se adivina cercano el cielo de Belén, los pastores, los Ángeles, la estrella, los Magos... Allá haremos un alto en el camino, pausado y sabroso, para adorar mucho y besar al Niño Dios. Luego, le seguiremos - con María y José - a dondequiera que vaya.

Antonio Orozco-Delclós
Arvo.net

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miércoles, 7 de diciembre de 2016

Hablar y callar a tiempo

En general, se educa a la gente a que es mejor callar que hablar, que «en boca cerrada no entran moscas», o en lenguaje folclórico: «calladito te ves más bonito». No tiene que ser así.

Dicen también que uno se arrepiente más de lo que dice que de lo que calla, y en general es cierto, cuando lo dicho se hace bajo presión del enojo, la ira o la desesperación, por ejemplo. En esas ocasiones, las personas tienden a decir cosas de las que después se arrepienten, sobre todo cuando ofenden a otros o les faltan al respeto. También en esos casos altamente emocionales, las personas tienden a revelar cosas que no debieron decir, como revelar confidencias.

Pero la petición de callarse y no decir cosas que pueden ser incómodas, comprometedoras o indebidas tiene y debe tener límites. Una mala interpretación de la diplomacia en las relaciones políticas es que se debe ser «políticamente correcto», esto es no incomodar al adversario o a otros personajes del medio político. Pero no tiene tampoco que ser así.

Por ejemplo, cuando los partidarios de la muerte, esos que defienden el aborto provocado defienden sus posiciones, se supone que los defensores de la vida deben ser... prudentes, y no decir nada que los moleste o lo ponga en entredicho.

Lo mismo pasa cuando los partidarios del libertinaje sexual expresan sus dislates, no quieren que los defensores del orden en el manejo de la sexualidad hablen. Esto no es aceptable, aunque las mentes torcidas digan que es políticamente incorrecto replicar a esas personas.

Jesús fue políticamente incorrecto, en ese sentido. En lugar de evitar la confrontación con aquellos que lo atacaban y murmuraban a sus espaldas, les dijo cosas como ¡sepulcros blanqueados!

Pero dejando los temas políticos y de liderazgo aparte, en la vida diaria se presentan muchas ocasiones en que una persona se pregunta si debe decir algo o callar. Sin duda que, con las emociones bajo control, hay muchas cosas que en su momento deben decirse y no se dicen. En este sentido hay también un dicho popular: más vale una vez colorado que cien (o mil) descolorido.

Una queja, un reclamo a tiempo, por ejemplo, evitan problemas posteriores. Igual una llamada de atención a quien mal se porta, en el sentido que sea; no debe callarse. A veces pensamos que, para no molestar —o hasta enfurecer— a alguien, es mejor dejar las cosas para una mejor ocasión, la cual normalmente no vuelve a presentarse.

Una opinión diferente de la que se expresa en una conversación, en una reunión de trabajo o de familia, puede parecer incómoda para otros, y la gente se la guarda, a sabiendas de que tiene razón y que su parecer es mejor o evita problemas posteriores, sobre todo al discutir acciones a tomar.

Lo mismo pasa cuando se desea hacer una pregunta difícil, incómoda, pero cuya respuesta nos es importante. La persona calla, por temor, debilidad o errónea prudencia, y puede sufrir luego las consecuencias de no haber conocido la respuesta.

Se pierde también la oportunidad quizá de tener ya no una respuesta mala, penosa, sino al contrario, reconfortante, tranquilizadora.

Cuando hacemos esto no hay duda que en muchas ocasiones, ya a destiempo, pensamos que debimos haber dicho lo que callamos. Demasiado tarde. Podemos llegar al extremo de dolernos de no haber dicho algo importante a quien ya está muerto o alejado por siempre.

Debemos reflexionar sobre la conveniencia de que, en muchas ocasiones, hay que olvidarnos del principio de lo políticamente correcto, y ser política, o familiar o amistosamente incorrectos.

A veces se debe confrontar a otros en temas o decisiones importantes o hasta trascendentales, pero resulta que «no me gustan las discusiones». Callar entonces es un error, tanto si resulta luego que teníamos la razón o no.

Cuántas veces, por no haber dicho perdón, lo siento, en el momento adecuado, las personas se arrepienten de haberlo dejado pasar. En estos casos, la soberbia (ese amor propio mal entendido y exagerado) nos impide decir a quien hemos dañado, material o afectivamente, que reconocemos el error y estamos arrepentidos.

Así, cuando pensemos que es el momento de decir o preguntar algo importante, que pueda afectar desde asuntos nimios pero útiles hasta vitales, debemos hablar. Claro que no debe alguien dejarse llevar por un arrebato temperamental, sobre todo cuando bajo sus efectos se lastima a otros, pero sí se debe hablar cuando es el momento, y la posibilidad de arrepentirse de haberlo dicho será muy relativa.

«Sabia virtud de conocer el tiempo, a tiempo amar y retirarse a tiempo» escribió Renato Leduc. Pues bien, igualmente es válido «a tiempo hablar y callarse a tiempo». Y esos tiempos, hay que aprender a reconocerlos.

Salvador Ignacio Reding Vidaña
conoze.com

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San Ambrosio


Arzobispo de Milán
Año 397
Fiesta: 7 Diciembre

Ambrosio significa "Inmortal".

Este santo es uno de los más famosos doctores que la Iglesia de occidente tuvo en la antigüedad (junto con San Agustín, San Jerónimo y San León).

Nació en Tréveris (sur de Alemania) en el año 340. Su padre que era romano y gobernador del sur de Francia, murió cuando Ambrosio era todavía muy niño, y la madre volvió a Roma y se dedicó a darle al hijo la más exquisita educación moral, intelectual, artística y religiosa. El joven aprendió griego, llegó a ser un buen poeta, se especializó en hablar muy bien en público y se dedicó a la abogacía.

Las defensas que hacía de los inocentes ante las autoridades romanas eran tan brillantes, que el alcalde de Roma lo nombró su secretario y ayudante principal. Y cuando apenas tenía 30 años fue nombrado gobernador de todo el norte de Italia, con residencia en Milán. Cuando su formador en Roma lo despidió para que fuera a posesionarse de su alto cargo dijo: "Trate de gobernar más como un obispo que como un gobernador". Y así lo hizo.

En la gran ciudad de Milán, Ambrosio se ganó muy pronto la simpatía del pueblo. Más que un gobernante era un padre para todos, y no negaba un favor cuando en sus manos estaba el poder hacerlo. Y sucedió que murió el Arzobispo de Milán, y cuando se trató de nombrarle sucesor, el pueblo se dividió en dos bandos, unos por un candidato y otros por el otro. Ambrosio temeroso de que pudiera resultar un tumulto y producirse violencia se fue a la catedral donde estaban reunidos y empezó a recomendarles que procedieran con calma y en paz. Y de pronto una voz entre el pueblo gritó: "Ambrosio obispo, Ambrosio obispo". Inmediatamente todo aquel gentío empezó a gritar lo mismo: "Ambrosio obispo". Los demás obispos que estaban allí reunidos y también los sacerdotes lo aclamaron como nuevo obispo de la ciudad. Él se negaba a aceptar (pues no era ni siquiera sacerdote), pero se hicieron memoriales y el emperador mandó un decreto diciendo que Ambrosio debía aceptar ese cargo.

Desde entonces no piensa sino en instruirse lo más posible para llegar a ser un excelente obispo. Se dedica por horas y días a estudiar la S. Biblia, hasta llegar a comprenderla maravillosamente. Lee los escritos de los más sabios escritores religiosos, especialmente San Basilio y San Gregorio Nacianceno, y una vez ordenado sacerdote y consagrado obispo, empieza su gran tarea: instruir al pueblo en su religión.

Sus sermones comienzan a volverse muy populares. Entre sus oyentes hay uno que no le pierde palabra: es San Agustín (que todavía no se ha convertido). Éste se queda profundamente impresionado por la personalidad venerable y tan amable que tiene el obispo Ambrosio. Y al fin se hace bautizar por él y empieza una vida santa.

Nuestro santo era prácticamente el único que se atrevía a oponerse a los altos gobernantes cuando estos cometían injusticias. Escribía al emperador y a las altas autoridades corrigiéndoles sus errores. El emperador Valentino le decía en una carta: "Nos agrada la valentía con que sabe decirnos las cosas. No deje de corregirnos, sus palabras nos hacen mucho bien". Cuando la emperatriz quiso quitarles un templo a los católicos para dárselo a los herejes, Ambrosio se encerró con todo el pueblo en la iglesia, y no dejó entrar allí a los invasores oficiales.

El emperador de ese tiempo era Teodosio, un creyente católico, gran guerrero, pero que se dejaba llevar por sus arrebatos de cólera. Un día los habitantes de la ciudad de Tesalónica mataron a un empleado del emperador, y éste envió a su ejército y mató a siete mil personas. Esta noticia conmovió a todos. San Ambrosio se apresuró a escribirle una fuerte carta al mandatario diciéndole: "Eres humano y te has dejado vencer por la tentación. Ahora tienes que hacer penitencia por este gran pecado". El emperador le escribió diciéndole: "Dios perdonó a David; luego a mí también me perdonará". Y nuestro santo le contestó: "Ya que has imitado a David en cometer un gran pecado, imítalo ahora haciendo una gran penitencia, como la que hizo él".

Teodosio aceptó. Pidió perdón. Hizo grandes penitencias, y en el día de Navidad del año 390, San Ambrosio lo recibió en la puerta de la Catedral de Milán, como pecador arrepentido. Después ese gran general murió en brazos de nuestro santo, el cual en su oración fúnebre exclamó: "siendo la primera autoridad civil y militar, aceptó hacer penitencia como cualquier otro pecador, y lloró su falta toda la vida. No se avergonzó de pedir perdón a Dios y a la Santa Iglesia, y seguramente que ha conseguido el perdón".

San Ambrosio componía hermosos cantos y los enseñaba al pueblo. Cuando tuvo que estarse encerrado con todos sus fieles durante toda una semana en un templo para no dejar que se lo regalaran a los herejes, aprovechó esas largas horas para enseñarles muchas canciones religiosas compuestas por él mismo. Después los herejes lo acusaban de que les quitaba toda la clientela de sus iglesias, porque con sus bellos cantos se los llevaba a todos para la catedral de Milán. Sabía ejercitar su arte para conseguirle más amigos a Dios.

Este gran sabio compuso muy bellos libros explicando la S. Biblia, y aconsejando métodos prácticos para progresar en la santidad. Especialmente famoso se hizo un tratado que compuso acerca de la virginidad y de la pureza. Las mamás tenían miedo de que sus hijas charlaran con este gran santo porque las convencía de que era mejor conservarse vírgenes y dedicarse a la vida religiosa (Él exclamaba: "en toda mi vida nunca he visto que un hombre haya tenido que quedarse soltero porque no encontró una mujer con la cual casarse"). Pero además de su sabiduría para escribir, tenía el don de poner las paces entre los enemistados. Así que muchísimas veces lo llamaron del alto gobierno para que les sirviera como embajador para obtener la paz con los que deseaban la guerra, y conseguía muy provechosos armisticios o tratados de paz.

El viernes santo del año 397, a la edad de 57 años, murió plácidamente exclamando: "He tratado de vivir de tal manera que no tenga que sentir miedo al presentarme ante el Divino Juez" (San Agustín decía que le parecía admirable esta exclamación).


San Ambrosio: que así como tu palacio de Arzobispo estaba
siempre abierto para que entraran todos los necesitados de
ayudas materiales o espirituales, que así también cada
uno de nosotros estemos siempre disponibles para hacer
todo el mayor bien posible a los demás.

ewtn.com

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martes, 6 de diciembre de 2016

Aprendamos de María

No hay una mejor compañía para el Adviento que María. El primer Adviento la emocionó profundamente. Su tiempo de Adviento fue más largo que el nuestro. Su “santa espera” fue de nueve meses, hasta que su anunciado hijo vio la luz del día. Podemos aprender de ella.

Todo en su vida se centra en este niño. Ella se olvida totalmente de sí misma. Ella capta en su interior, que el Dios de majestad, conocido por sus grandes obras en Sinaí, durante el Éxodo de Egipto, está llegando a su mundo. El Dios que creó el mundo con toda su belleza, el Dios que Moisés encontró en la zarza ardiente, el Dios que juró amor eterno a su pueblo, este Dios está por nacer en ella. Mientras prepara un alimento, enciende una lámpara y prepara la ropa del niño por nacer, ella sabe que algo mucho más grande está sucediendo, y dará un nuevo significado a este tiempo. Ha aparecido un nuevo horizonte en su vida. La secuencia de los días dejó de ser una rutina. Tiene un propósito, un divino propósito. Cada día le trae más cerca a Dios. El futuro, ella lo vé, ES Dios, ¡presente entre nosotros!

Ella está ya preparada para las sorpresas. Que Dios le haya pedido a ella – entre todas las demás – que dé a luz al Hijo de Dios! Que desde ahora las personas que se encontraron con Jesús se van a encontrar con Dios! Se pregunta cómo van a reaccionar. ¿Llevarán al niño en sus corazones?

Todas las esperanzas humanas están desvanecidas: ella espera en silencio, frente a la Cruz, por algo que no sabe. Pero lo que le es dado es la máxima sorpresa de Dios; la resurrección de su hijo.

Brian Grogan
espaciosagrado.com

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Cuando la Iglesia Católica condenó la Adoración a la Virgen María

La Iglesia siempre ha tenido clara la idea de que el único digno de ser adorado es Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nadie más puede ser adorado, ni el más poderoso y bello de los ángeles, ni el más fiel santo de la Iglesia, ni siquiera la bienaventurada Madre de Dios… ¡Nadie!

Sin embargo, en la historia de la Iglesia se conoce de un grupo de “cristianos” que cayeron en el error de adorar a la Virgen María. Esta es la historia de su herejía y de cómo fueron condenados por la Iglesia.

Las herejías son tan antiguas como la misma historia del cristianismo. Por eso la Iglesia ha tenido que actuar diligentemente para denunciarlas y que el pueblo de Dios no sea confundido.

En el siglo IV apareció un grupo de autodenominados cristianos conocidos como Coliridianos, los cuales le rendían un culto de adoración a la Virgen María. Este extraño culto consistía en ofrecer tortas y pasteles a la Virgen como signo de adoración. En realidad ellos no eran cristianos; eran una secta gnóstica integrada mayoritariamente por mujeres quienes tomaron la figura de María mezclándola con deidades paganas para confundir a los verdaderos cristianos.

Cuando San Epifanio, obispo de Salamina, se enteró de esta herejía no dudó en denunciarla y condenarla en nombre de toda la Iglesia Católica. Tal condena puede leerse en su célebre Paranión en la que también denuncia otras herejías de la época.

“Es ridícula y, en la opinión de los sabios, totalmente absurda”, así describía San Epifanio a la herejía coliridiana, “pues aquellos que, con una actitud insolente hacia María, son sospechosos de hacer estas cosas, han estado perjudicando la mente de la gente (…) las personas que se inclinan en esa dirección son culpables de hacer el peor daño”.

Además, San Epifanio aclaraba la diferencia entre el verdadero culto a Dios y la verdadera devoción a la Virgen María: “Sea María honrada. Sean Padre, Hijo, y Espíritu Santo adorados, pero que ninguno adore a María”.

Esta misma enseñanza es la que actualmente recoge el Catecismo de la Iglesia Católica.:

“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48): “La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano” (MC 56). La Santísima Virgen “es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de `Madre de Dios’, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades… Este culto… aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente” (LG 66); encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf. SC 103) y en la oración mariana, como el Santo Rosario, “síntesis de todo el Evangelio”. (Catecismo de la Iglesia Católica 971).

¡Santa María, ruega por nosotros!

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lunes, 5 de diciembre de 2016

El Adviento y la venida del Señor: ¿Qué sabemos del fin del mundo?


Claves para entender el Apocalipsis

Adventus (latín), significa “venida” y se utilizaba en el mundo antiguo para hablar de la llegada solemne del emperador o de otra personalidad importante. Los cristianos en el tiempo litúrgico que llamamos Adviento nos preparamos para la venida de Jesucristo.

En Adviento celebramos tres venidas del Señor:

1) La venida histórica hace dos mil años, celebrando la alegría de que Dios mismo se ha hecho hombre (Natividad).

2) La venida constante, cotidiana, porque Jesús está vivo. El siempre está viniendo a nuestras vidas con su palabra, con su gracia, en el encuentro con los más pobres y en nuestros hermanos. Esta venida cotidiana se nos hace especialmente presente en la Eucaristía. El cristiano vive agradecido por esta presencia constante de Jesús vivo y resucitado en medio de la comunidad.

3) Finalmente la venida definitiva o mejor dicho, manifestación definitiva al final de los tiempos. Él es la meta de la historia y la actitud del cristiano es de constante espera.

En la liturgia del Adviento, tanto las lecturas como las oraciones, se centran (hasta el 16 de diciembre), en la venida definitiva y solo después del 17 de diciembre las celebraciones se concentran en la Navidad.

La actitud central del Adviento es la esperanza, es Dios mismo que nos invita a “preparar el camino para su venida”. Es un tiempo marcado por una profunda alegría. Sin embargo, cuando muchos piensan en la segunda venida de Cristo la asocian a las imágenes catastróficas del cine de Hollywood sobre el “fin” o de las profecías de grupos fundamentalistas y fanáticos que toman literalmente las imágenes y símbolos del libro del Apocalipsis, haciendo de Jesucristo una especie de Zeus que vendrá con rayos en la mano a castigar sin piedad.

¿Qué sabemos del fin?

Cuando en la Biblia “se habla del fin del mundo, la palabra “mundo” no se refiere primariamente al cosmos físico, sino al mundo humano, a la historia del hombre. Esta forma de hablar indica que este mundo llegará a un final querido y realizado por Dios” (Ratzinger, Introducción al Cristianismo, 264).

El lenguaje apocalíptico de los textos que se leen en el Adviento, sobre la Parusía, sobre la manifestación definitiva del Señor al final de los tiempos, no pueden tomarse al pie de la letra como hacen comúnmente sectas y grupos fundamentalistas que desconocen el género apocalíptico y su simbología. La finalidad del estilo apocalíptico es dar esperanza en tiempos de desolación. Este estilo de narrar surge en el judaísmo, especialmente cuando los acontecimientos históricos son tan desconcertantes que reclaman una interpretación que de sentido y esperanza a un pueblo que desespera.

Así, aparecen en los tiempos de gran sufrimiento que vivió Israel bajo imperios poderosos o durante las terribles persecuciones que padeció el cristianismo bajo emperadores romanos como Nerón o Domiciano.

Los textos apocalípticos sobre el fin son para dar esperanza y alegría porque la historia tiene sentido y está en manos de Dios, no para películas de cine catástrofe o para atemorizar a las masas.

La palabra apocalipsis -del griego-, significa “revelación”, “quitar el velo”, “desvelar”, justamente la revelación que da sentido a lo que se vive en el tiempo presente y a toda la historia de la humanidad. Apocalipsis no es un sinónimo de “final catastrófico”, como se utiliza hoy coloquialmente, sino de una revelación que da el verdadero sentido de la historia.

El punto de partida del simbolismo apocalíptico es el sueño, que en el mundo antiguo se lo consideraba un modo de contacto con la divinidad, pero al evolucionar se convierte en visión, en un cuadro simbólico que hay que interpretar sabiamente, no tomarlo al pie de la letra.

El símbolo más común son las convulsiones cósmicas: donde el sol, la luna, las estrellas y la naturaleza en su conjunto cambian de modo extraordinario. Esto no expresa que efectivamente coincidan fenómenos extraordinarios en el cielo con la venida de Jesucristo, sino que expresa algo mucho más profundo: Que ante su presencia el cosmos entero se conmueve, se convulsiona la creación entera ante el poder de su creador. Los textos bíblicos quieren resaltar quién es el que viene y no dar un informe de meteorología o una predicción de astrofísica.

Los textos sobre el fin expresan su finalidad, no una cronología futura de los hechos. De allí que cualquiera que pretenda sacar conclusiones sobre cómo será el futuro con los textos apocalípticos, fracasará, porque no revelan el futuro. Los contenidos de estos textos expresan una lógica superior que liga los acontecimientos históricos englobándolos en un plan que da sentido a toda la historia: el plan de Dios, quien es el dueño absoluto de la historia.

Lo mismo sucede con los números y otros símbolos, que tienen un valor cualitativo y no cuantitativo. El 7 es plenitud y el 6 (7-1), lo imperfecto, lo malo. Tres veces 6 es un superlativo de la maldad, pero no la marca de alguien que esté por aparecer en cualquier momento.

¿A dónde mira el Adviento?

Si tenemos en cuenta que la mayor parte del tiempo del Adviento mira a la Parusía, a la manifestación gloriosa de Cristo al final de los tiempos, es un llamado a “levantar la cabeza”, a salir de nuestra superficialidad y de la cotidianeidad para abrirnos a un horizonte más amplio y a una mirada más profunda sobre la realidad: el mismo Jesús que nació en Belén hace dos mil años, es el mismo que murió en una cruz y resucitó de entre los muertos, que está realmente presente entre quienes están unidos a Él y actúa en medio de su pueblo, es el mismo que se manifestará en gloria y poder al final de los tiempos.

“No es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

La fe en el retorno de Cristo es el segundo pilar de la confesión cristiana. Él, que se ha hecho carne y permanece Hombre sin cesar, que ha inaugurado para siempre en Dios el puesto del ser humano, llama a todo el mundo a entrar en los brazos abiertos de Dios, para que al final Dios se haga todo en todos, y el Hijo pueda entregar al Padre al mundo entero asumido por Él (1 Co 15, 20-28).

"Esto implica la certeza en la esperanza de que Dios enjugará toda lágrima, que nada quedará sin sentido, que toda injusticia quedará superada y establecida la justicia. La victoria del amor será la última palabra de la historia humana” (Benedicto XVI, Jesús de Nazareth, Tomo 2, p. 333).

La oración de los cristianos: “Maranatha”, “Ven Señor Jesús”, no apunta directamente al fin del mundo, sino a su presencia constante y renovadora, que se haga cercano a los que amamos y por aquellos que nos preocupan. Su presencia es el cielo entre nosotros, aquí y ahora, anhelando que sea cada vez más plena, hasta el día definitivo.

El Juicio Final cuyo juez es el Buen Pastor

Las ideas sobre el Juicio Final han sido cargadas de imágenes de dioses paganos y de elementos propios de la justicia humana, cuando no, de expectativas de una sociedad particular con sus modelos de juicio. Algunos movimientos religiosos de talante fatalista y fundamentalista presentan el Juicio Final como si el Jesús que viene no tuviera nada que ver con el Jesús de los Evangelios. En su Introducción al Cristianismo, Joseph Ratzinger escribía al respecto en 1968:

“No nos juzgará un extraño, sino ése a quien conocemos por la fe. No saldrá a nuestro encuentro el juez totalmente otro, sino uno de los nuestros, el que conoce a fondo al ser humano, porque lo ha llevado sobre sus hombros“.

“No temas, soy yo” (1,17) le dice el Señor a Juan en el Apocalipsis. El Señor todopoderoso, el Justo Juez, el que tiene todo el poder sobre el cielo y la tierra, no es otro que el Buen Pastor que no quiere que ninguno se pierda e irá a buscar al último, a ese por el que nadie iría. El que viene es el mismo que murió en la cruz por amor a todos nosotros y nos regala la vida eterna.

La fuente de la esperanza cristiana, la certeza del cristiano es que toda la vida es adviento, es espera confiada en quién vino, está viniendo y viene. A los cristianos que creen en el Evangelio de Jesucristo no les importa las fechas del fin del mundo, ni los detalles de cómo será el fin, sino hacer del mundo un hogar para todos, viviendo con el corazón en vigilia, despiertos, sabiendo en quién hemos puesto nuestra fe. A los cristianos no se les revela cómo será el fin, sino quién es el alfa y la omega, el principio y el fin de todo lo creado: Jesucristo.


Miguel Pastorino
aleteia.org

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Pascal y el ateo

El gran matemático Pascal discutía con un ateo sobre la existencia de Dios:

-Lleguemos a un acuerdo -le decía- Yo no puedo probar en un laboratorio la existencia de Dios. Pero Ud. tampoco puede probar lo contrario. Tomamos una postura u otra según las evidencias. Estudiemos las posibilidades: "Dios existe" o "Dios no existe". Yo le doy a Ud. la oportunidad de tener un 50% de posibilidades de tener razón y Ud. me concede a mí que tengo razón en otro porcentaje igual. ¿Cuál nos ofrece mayores garantías de acertar?

Después de una vida más o menos prolongada ambos morimos y somos enterrados en el mismo cementerio. Supongamos que el día de la resurrección se descubre que Dios es real. Yo he ganado y Ud. ha perdido nada menos que la eternidad feliz.

Supongamos que no hay resurrección y Dios no existe. Ud. ha ganado, pero no le sirve de nada, porque nos espera la nada: en esta opción Ud. también lo ha perdido todo y yo no he perdido nada. Por este sencillo cálculo de probabilidades, si apuestas por Dios lo ganas todo y si apuestas por la no existencia de Dios no ganas nada. ¡Dios existe! Es no solo una probabilidad matemática, sino una vivencia que hace feliz a quien la tiene.

webcatolicodejavier.org

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jueves, 1 de diciembre de 2016

San Eloy


Orfebre
Año 660
Fiesta: 1 Diciembre

Eloy (o Eligio, que es lo mismo) significa: "el elegido, el preferido".

San Eloy fue el más famoso orfebre de Francia en el siglo VII (orfebre es el que labra objetos de plata u oro).

Dios le concedió desde muy pequeño unas grandes cualidades para trabajar con mucho arte el oro y la plata. Nació en el año 588 en Limoges (Francia). Su padre, que era también un artista en trabajar metales, se dio cuenta de que el niño tenía capacidades excepcionales para el arte y lo puso a aprederlo bajo la dirección de Abon, que era el encargado de fabricar las monedas en Limoges.

Cuando ya aprendió bien el arte de la orfebrería se fue a París y se hizo amigo del tesorero del rey. Clotario II le encomendó a Eloy que le fabricara un trono adornado con oro y piedras preciosas. Pero con el material recibido el joven artista hizo dos hermosos tronos. El rey quedó admirado de la honradez, de la inteligencia, la habilidad y las otras cualidades de Eloy y lo nombró jefe de la casa de moneda (todavía se conservan monedas de ese tiempo que llevan su nombre).

Nuestro santo fabricó también los preciosos relicarios en los cuales se guardaron las reliquias de San Martín, San Dionisio, San Quintín, Santa Genoveva y San Germán. La habilidad del artista y su amistad con el monarca hicieron de él un personaje muy conocido en su siglo.

Eloy se propuso no dejarse llevar por las costumbres materialistas y mundanas de la corte. Y así, aunque vestía muy bien, como alto empleado, sin embargo era muy mortificado en el mirar, comer y hablar. Y era tan generoso con los necesitados que cuando alguien preguntaba: "¿Dónde vive Eloy?", le respondían: "siga por esta calle, y donde vea una casa rodeada por una muchedumbre de pobres, ahí vive Eloy".

Un día Clotario le pidió a nuestro santo que como todos los demás empleados jurara fidelidad al rey. Él se negaba porque había leído que Cristo recomendaba: "No juren por nada". Y además tenía miedo de que de pronto al monarca se le antojara mandarle cosas que fueran contra su conciencia. Al principio el rey se disgustó, pero luego se dio cuenta de que un hombre que tenía una conciencia tan delicada no necesitaba hacer juramentos para portarse bien.

Eloy se propuso ayudar a cuanto esclavo pudiera. Y con el dinero que conseguía pagaba para que les concedieran libertad. Varios de ellos permanecieron ayudándole a él durante toda su vida porque los trataba como un bondadoso padre.

Al santo le llamaba mucho la atención alejarse del gentío a dedicarse a rezar y meditar. Y entonces el nuevo rey Dagoberto le regaló un terreno en Limousin, donde fundó un monasterio de hombres. Luego el rey le regaló un terreno en París y allá fundó un monasterio para mujeres. Y a sus religiosos les enseñaba el arte de la orfebrería y varios de ellos llegaron a ser muy buenos artistas. Al cercar el terreno que el rey le había regalado en París, se apropió de unos metros más de los concedidos, y al darse cuenta fue donde el monarca a pedirle perdón por ello. El rey exclamó: "Otros me roban kilómetros de terreno y no se les da nada. En cambio este bueno hombre viene a pedirme perdón por unos pocos metros que se le fueron de más". Con esto adquirió tan grande aprecio por él que lo nombró embajador para tratar de obtener la paz ante un gobierno vecino que le quería hacer la guerra.

Por sus grandes virtudes fue elegido obispo de Rouen, y se dedicó con todas sus energías a obtener que las gentes de su región se convirtieran al cristianismo, porque en su mayoría eran paganas. Predicaba constantemente donde quiera que podía. Al principio aquellos bárbaros se burlaban de él, pero su bondad y su santidad los fueron ganando y se fueron convirtiendo. Cada año el día de Pascua bautizaba centenares de ellos. Se conservan 15 sermones suyos, y en ellos ataca fuertemente a la superstición, a la creencia en maleficios, sales, lectura de naipes o de las manos, y recomienda fuertemente dedicar bastante tiempo a la oración, asistir a la Santa Misa y comulgar; hacer cada día la señal de la cruz, rezar frecuentemente el Credo y el Padrenuestro y tener mucha devoción a los santos. Insistía muchísimo en la santificación de las fiestas, en asistir a misa cada domingo y en descansar siempre en el día del Señor. Prohibía trabajar más de dos horas los domingos.

Cuando ya llevaba 19 años gobernando a su diócesis, supo por revelación que se le acercaba la hora de su muerte y comunicó la noticia a su clero. Poco después le llegó una gran fiebre. Convocó a todo el personal que trabajaba en su casa de obispo y se despidió de ellos dándoles las gracias y prometiéndoles orar por cada uno. Todos lloraban fuertemente y esto lo conmovió a él también. Y el 1º. de diciembre del año 660 murió con la tranquilidad de quien ha dedicado su vida a hacer el bien y a amar a Dios


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Antes todo era mejor... El mundo anda mal... ¡El gobierno sólo hace política! La Policía es inoperante... No me conceden el crédito... Mi...

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