jueves, 17 de diciembre de 2009

«Qué alegría inmensa tener por madre a María»

S.S. Benedicto XVI


Palabras que pronunció Benedicto XVI el martes, solemnidad de la Inmaculada Concepción, al rezar la oración mariana del Ángelus junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas:
El 8 de diciembre celebramos una de las fiestas más hermosas de la bienaventurada Virgen María: la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Pero, ¿qué significa que María es «Inmaculada»? Y, ¿qué nos dice este título? Ante todo, hagamos referencia a los textos bíblicos de la liturgia de hoy, especialmente al gran «fresco» del capítulo tercero del libro del Génesis y a la narración de la Anunciación del Evangelio de Lucas. Después del pecado original. Dios se dirige a la serpiente, que representa a Satanás, la maldice y añade una promesa: « Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar » (Génesis 3,15). Es el anuncio de una revancha: Satanás en los primeros momentos de la creación, parece vencer, pero vendrá un hijo de mujer que le aplastará la cabeza. De este modo, mediante la estirpe de la mujer, el mismo Dios vencerá. Esa mujer es la Virgen María, de la que nació Jesucristo que, con su sacrificio, derrotó de una vez para siempre al antiguo tentador. Por este motivo, en tantos cuadros o estatuas de la Inmaculada, es representada aplastando a una serpiente con el pie.

El evangelista Lucas, por su parte, nos muestra a la Virgen María recibiendo el anuncio del mensajero celeste ( Cf. Lucas 1,26-38). Aparece como la humilde y auténtica hija de Israel, la verdadera Sión, en la que Dios quiere poner su morada. Es el retoño del que debe nacer el Mesías, el Rey justo y misericordioso. En la sencillez de la casa de Nazaret, vive el « resto » puro de Israel, del que Dios quiere hacer renacer a su pueblo, como un nuevo árbol que extenderá sus ramas por todo el mundo, ofreciendo a todos los hombres buenos frutos de salvación. A diferencia de Adán y Eva, María permanece en la obediencia a la voluntad del Señor, con todo su ser pronuncia su « sí » y se pone plenamente a disposición del designio divino. Es la nueva Eva, auténtica « madre de todos los vivientes », es decir, de quienes reciben por la fe en Cristo la vida eterna.

Queridos amigos: qué alegría inmensa tener por madre a María Inmaculada! Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y la sugestión del mal, podemos dirigirnos a Ella, y nuestro corazón recibe luz y consuelo. Incluso en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos sus hijos y que las raíces de nuestra existencia se hunden en la infinita gracia de Dios. La misma Iglesia, aunque está expuesta a las influencias negativas del mundo, encuentra siempre en Ella la estrella para orientarse y seguir la ruta indicada por Cristo. María es de hecho la Madre de la Iglesia, como proclamaron solemnemente el Papa Pablo VI y el Concilio Vaticano II.

Por tanto, mientras damos gracias a Dios por este signo estupendo de su bondad, encomendemos a la Virgen Inmaculada a cada uno de nosotros, nuestras familias y comunidades, toda la Iglesia y todo el mundo. Lo haré yo también en la tarde de hoy, según la tradición, a los pies del monumento que se le dedica en la Plaza de España.

Ciudad del Vaticano, 8 de diciembre de 2009.

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