jueves, 3 de mayo de 2012

Maternidad de María

Si preguntásemos a los creyentes cuál ha sido la más bella historia de pureza y virginidad que ha producido nuestro planeta, estoy seguro de que una gran mayoría nos responderían sin dudar que la de María.

Y si les interrogásemos por la historia de la mujer que con mayor coraje ha soportado el dolor, pensaron en seguida en la Virgen de los Dolores. Pero ya no serían muchos los que se acordasen de la fe de María si les pidiésemos el nombre del ser humano que más hondamente vivió su fe.

Y poquísimos o tal vez nadie nos presentaría la historia de María como la más honda historia de amor. Y es que se habla mucho de las virtudes de María, pero menos de la raíz amorosa de todas ellas. Y, sin embargo, no conocemos historia de amor como la de María. Yo pienso incluso que si tuviera que escribir una «historia del amor», me limitaría a narrar la de María. Y que toda la vida de la Virgen podría contarse perfectamente desde la única clave del amor.

Un gran amor cuya plenitud empieza, asombrosamente, por un ancho vacío. Un vaciado de egoísmos. Porque la razón por la que los hombres no nos llenamos de amor es que estamos ya llenos de nosotros mismos. Como una tierra a la que la planta de nuestro propio orgullo le devorase todo su jugo, así no se puede sembrar en nuestras almas ningún otro árbol.

Vivimos solo pensando en nuestras cosas que ni llegamos a enterarnos de que hay otros seres a los que hay que amar. María pudo amar mucho y recibir mucho porque el centro de su alma estaba fuera de sí misma, por encima de su propia persona. No sabia muy bien lo que esperaba, pero era pura expectación. Ella no tenía más que hacer que mantener bien abiertas sus puertas. Era libre para amar porque era esclava. Podía recibir al Amor.

¿Cómo pudo tanto Amor caberle dentro? Jamás en ser humano alguno cupo tanto Amor. Jamás soñó nadie engendrar un Amor semejante. Y, sin embargo, «cabía» en ella. Porque el enorme Amor se había hecho pequeñito, bebé. ¡Un bebé-Dios, qué cosas!

Y ella era madre en el sentido más literal de la palabra. Pero «tan» madre que parecía imposible. Tenía el cielo en su corazón y en su seno. Sólo Dios podía hacer realizable esa paradoja del infinito empequeñecido que la habitaba.

Y desde entonces su alma, más que llena de amor, lo estaba de vértigo. Toda vocación nos desborda, nos saca de nosotros mismos, tira del alma hacia arriba, nos aboca al riesgo. ¿Cómo no desgarró su alma?

No se hizo, claro, sin desgarramiento. Simeón le explica que siempre hay una espada en el horizonte, que el dolor es el crisol del amor. Y hay que empezar a amar de esa manera absurda que es huir en la noche porque este mundo empieza a no soportar al amor apenas ha nacido.

Amar -ahora lo entiende María bien- no es una historia de besos y caricias, no son las dulces consolaciones del alma, no es una fogarata de entusiasmo enamorado; es luchar por aquello que se ama, dejándose tiras de alma en las aristas de la realidad.

Luego el amor se vuelve tragedia. ¿Puede decir que ha amado quien jamás ha sufrido por su amor? Santa María del amor hermoso es hermana gemela de Santa María del mayor dolor. Las cruces tienen una extraña tendencia a crecer en el corazón. Con la única diferencia de que en los corazones que aman esa cruz está llena y no vacía. Pero todas las cruces tienen sangre. Y todo amor se vive a contra muerte.

Por fortuna, ningún dolor es capaz de ahogar una esperanza verdadera. Y en la tarde de todos los sábados se junta al vacío de la soledad la plena luz de la esperanza. El amor es más fuerte que la muerte, cuanto más el Amor. El de María también es inmortal.

Y resucitará el domingo en el abrazo total, el amor sin eclipse de la mañana pascual. Porque sólo detrás de la muerte el amor está a salvo, definitivamente invencible, vuelto ya sólo luz.

Y luego, todavía el amor: «dedicarse» por toda la eternidad a ser madre de los hombres. María no se jubiló de la maternidad. Sigue engendrando, engendrándonos. Ejerce de madre, tal vez porque es lo único -¡lo único!- que sabe hacer. ¡Y qué bien lo hace!

¿Por qué entonces le pedimos que vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos cuando sabemos que no tiene ojos sino para nosotros, Madre, Madre nuestra?

iglesia.org

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