martes, 9 de octubre de 2012

Contemplación cristiana

El Padre Francisco Jalics S.J., sacerdote jesuita, propone un camino de contacto directo, simple e inmediato con Dios.

Muchas personas “saben” que Dios existe, que “Dios está acá”, que “Dios los ama”. Sin embargo, este conocimiento se encuentra alejado de la experiencia : “Dios está pero no lo percibo”. Dios está en nuestro presente, pero nosotros estamos alejados de nuestro presente.

Por lo cual, propone una metodología paciente y delicada para entrar nuevamente en el campo de la percepción. La percepción se distingue del pensar y del actuar, ambas actividades posteriores a la percepción. Advierte, que en nuestra sociedad se encuentran muy desarrolladas esas dos capacidades, en detrimento de la percepción. Es más: se hace mucho, se piensa poco y apenas se permanece en la percepción. Entrar en la contemplación es volver a esta disposición natural: la percepción.

Esto implica permanecer en el presente. La memoria nos lleva lejos del estar acá. El futuro también. Pensar implica analizar, comparar, anticipar, juzgar, etc. Rápidamente llevan a disconformidad con lo que es. Aparece la angustia y el afán por lograr algo distinto a donde se está. La acción de igual manera, agita y cansa el corazón, sin darle ese descanso que tanto anhela.

Percibir significa hacerse conciente de todo lo que es, sin juzgar absolutamente nada. Todo lo que está puede estar.

Esta práctica permite encarnar una verdad fundamental: Dios ama primero al hombre, independientemente de lo que haga, piense o siente (1 Jn 4,19). Hay una relación incondicional primaria con Dios. Volver al presente, sin juzgar y aceptando todo lo que está es encarnar este amor primero. O más bien, permitir que se transparente este amor que ya habita dentro nuestro. Este es el camino hacia Dios, el camino simple pero no fácil de la contemplación.

El P. Jalics invita a entrenar primero la percepción por medio del contacto con la naturaleza para luego dirigir la atención hacia el interior de uno mismo, por medio de la respiración. Sin intervenir, sin modificar, sin pretender que sea más lenta o más profunda. Simplemente hacerse conciente de la misma, recorriendo por la percepción interior el camino del flujo del aire por el cuerpo. Agudizar la percepción de los sentidos abre el camino hacia Dios.

Este camino pone como condición el vaciamiento interior de todo afán por lograr algo, por resolver algo, por sentir algo. Toda frustración en la meditación es un signo de que hay una referencia hacia el yo superficial, y no una referencia hacia Dios (el ego en el budismo). La contemplación produce esta “pascua del yo”: de la autorreferencia a la referencia a Dios. Simplemente se trata de acoger radicalmente todo lo que surge, y suavemente volver a la respiración. Entrar en la contemplación significa ir a Dios por si mismo, más allá de los dones que pueda o no brindar. Dios deja de ser objeto de consumo, para pasar a ser una persona con dignidad propia: "busquen el reino de Dios y el resto se les dará por añadidura" (Mt 6,33).

Propone meditar sentados sobre el piso o con una silla, con la espalda sin apoyarse sobre el respaldo y dejando gravitar el peso del cuerpo sobre la columna vertebral, evitando todo esfuerzo muscular. Acceder a una buena postura corporal es un paso fundamental hacia la contemplación, que permita estar despiertos y descansados por largos períodos de tiempo.

El prolongado silencio y quietud que permite esta disposición irá lentamente aflojando las barreras del inconciente, que impulsará la emergencia de afectos inconcientes que han sido rechazados por la conciencia para evitar una experiencia de dolor. Estos aspectos sombríos pueden traducirse en pensamientos repentinos que dispersan, afectos intensos que estaban tapados o tensiones físicas inexplicables. Pueden aparecer recuerdos borrados o rigideces internas. La invitación nuevamente es la de poder aceptar estos movimientos internos sin rechazarlos, sin juzgarlos, sin analizarlos y volver suavemente la atención a la respiración y a la percepción del flujo vital que fluye desde el centro de las palmas de las manos. Comienza a darse un proceso de sanación interior: todo lo rechazado es expuesto a la luz. Este proceso de unificación interior en lenguaje cristiano se denomina “redención”. Pero la sanación no es el fin: nuevamente es volver la atención al presente, a la respiración y a la percepción de las manos. La única condición es la disposición a padecer lo que la vida o la realidad nos impone (en este caso, la meditación): "El que quiera seguirme, que renuncia a si mismo, tome su cruz y me siga" (Mt 16,24). La contemplación permite una atención descansanda y sostenida que no surge del esfuerzo tenso por estar concentrados en un punto, sino de la acogida fruto del vacío interior que suelta progresivamente toda pretensión por lograr o retener algo y que permite aceptar todo lo que es, con su ir y venir. A mayor pobreza interior, mayor profundidad en la orientación hacia Dios.

Finalmente, y recién al séptimo día de meditar de esta manera, se propone incorporar a cada respiración el nombre de “Jesús”. Con cada inspiración resuena interiormente “cristo” y con cada expiración “Jesús”. Esta es una oración muy antigua y muy reconocida dentro de la Iglesia, practicada por monjes de Oriente (veáse “relatos de un peregrino ruso”). Una oración simple y centrante, que orienta todo el ser hacia Dios. El Nombre es escuchado y repetido según el flujo vital de la respiración, como una resonancia interior. Más allá de que se sienta o no se sienta alguna devoción: es permitir que todo el ser sea impregnado por una Presencia. No se trata tampoco de usar la imaginación y despertar la sensibilidad interior mediante una visualización: con mente cada vez más serena y vacía de esfuerzos, con la atención plenamente orientada hacia la percepción de la realidad presente (en este caso la meditación, en la vida cotidiana nuestro prójimo).

Todo la vida de Jesús narrada en los evangelios apuntan a sumergirse en esta presencia. Presencia que posibilita un amor incondicional a los hombres. Una educación religiosa equivocada exige primero ser “buenos” para llegar a Dios. El camino de la contemplación es lo opuesto: nos vuelve primero a Dios, y es esta orientación interior la que nos transforma para escuchar la realidad del otro tal como es, y amarla sin condiciones. Posibilita no imponer la propia voluntad, sino acercarse con profundo respeto y empatía hacia el otro.

Una imagen que el P. Jalics utiliza para describir la contemplación, es el pasaje donde Jesús se acerca por la madrugada a la barca de sus discípulos caminando sobre el agua (Mt 14, 22-36). Ellos se asustan al verlo y Pedro (uno de sus discípulos más cercanos) le grita que si realmente es él, que lo llame a ir a su encuentro. Jesús le dice “Ven”, y Pedro comienza a caminar sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al rato, la fuerza del viento y las olas empiezan a distraer a Pedro, que empieza a asustarse y dudar, retirando la mirada de Jesús. Comienza a hundirse sobre el agua, y asustado grita “Señor, ¡sálvame! Jesús lo toma del brazo y lo levanta. El resto de los discípulos quedan admirados por el acontecimiento.

¿Qué relación hay entre esta historia y la meditación?

Meditar es caminar sobre el agua orientados hacia Jesús. La mirada fija hacia Jesús es la atención al presente por medio de la respiración y las manos.

El viento y la olas son los pensamientos y acciones que distraen.

El hundimiento sobre el agua es la angustia producto de esta actividad mental ajena a la percepción, que introduce un juicio sobre lo que aparece.

El salvataje es el proceso de redención, de liberación y sanación de todos aquellos aspectos inconcientes que no nos permiten amar a los otros del mismo modo incondicional como la hace Dios con nosotros.

Es interesante que en esta pedagogía, no es lo discursivo o lo intelectual lo que abre el camino. Es la percepción del cuerpo primero y recién a lo último una sola palabra: “Jesucristo” (a modo de mantra interior). Expresa como Dios se encuentra en lo más profundamente humano, y como el cuerpo es el principal camino hacia Dios. Por eso, el dogma teológico de la encarnación de Dios en el hombre histórico de Jesús es tan fundamental en la teología cristiana.

Cercano a esto, San Juan de la Cruz describe la noche oscura como el cansancio que produce todo esfuerzo mental por traer a la conciencia algún sentimiento religioso sobre la presencia de Dios. Por medio de la “noche” de esos sentimientos, permanece el meditante en absoluta quietud sin hacer nada, aunque sienta que pierde el tiempo, en estado de alerta espera de alguna “advertencia del amado”: “En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, ¡Oh dichosa ventur!vsalí sin ser notada estando ya mi casa sosegada”. En esta actitud despierta y atenta, vacía de todo contenido mental, se realiza en el “alma la infusión secreta de un amor íntimo y secreto, que inflama de amor hacia Dios”. Advierte que muchos se estancan en oraciones verbales o pensamiento acerca de Dios, pero son pocos los que se animan a soltar estas actividades mentales para permitir que en el más absoluto silencio y desnudez del alma, pueda abrirse a la presencia de Dios. Muchos piensan que si no sienten algo es porque no saben meditar, o que Dios los abandona, o que ese camino no es para ellos sino para otros iluminados.

Desgraciadamente, muchas veces un cierto estilo de predicación racionalista o voluntarista de algunos sectores dentro de la Iglesia opaca este camino anteponiendo como condición la moral y los conceptos “correctos” a esta experiencia primera y fundante de encuentro con Dios.

Por último, el P. Francisco Jalics expresa que este tipo de meditación no vuelve al creyente más egoísta o aislado. Justamente genera lo contrario: a mayor capacidad de escucha de sí mismo con radical respeto, en sintonía y resonancia con todo lo que sucede, mayor capacidad para escuchar y acoger al otro en lo que es sin pretender que sea distinto. La contemplación es la escuela del amor humano “Este es mi mandamiento: ámense lo unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 17). El amor a Dios y el amor al prójimo surgen así de una misma fuente. Ya no se trata tanto de “hacer” sino de “irradiar” una presencia. Es un modo de ser con lo demás, un modo de ser receptivo y atento.Y para el P. Jalics, de esto depende el futuro de la Iglesia: de su capacidad de volver a los orígenes de la mística y la contemplación cristiana (...).

Muchas veces la espiritualidad católica ha sido disfrazada de diversos prejuicios equivocados, muchas veces resultados de una mala transmisión. El P. Jalics tiene la virtud de volver a la esencia del cristianismo mediante una práctica simple y directa, que favorece la experiencia de una profunda liberación interior.

iglesia.org

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