domingo, 3 de enero de 2010

La virtud de la HUMILDAD

Mientras estaba orando, Jesús me dió una lección de humildad.Os dejo el artículo titulado: La Virtud de la Humilad.Pero antes, os digo que hay que ser humildes como lo era María, como lo fué Jesús, que era feliz y aún así bajo a salvarnos a todos.Gracias Señor.

Oración para obtener la humildad.

La mala fama de esta virtud

Muchas veces he pensado, y ahora aprovecho la ocasión para decirlo por escrito, que la virtud de la humildad se resiente del valor del nombre que lleva y de las realidades que encierra.

Ninguna otra virtud es, en efecto, tan menospreciada y tan poco y mal conocida, tan ignorada y tan deformada, como esta virtud cristiana. La virtud de la humildad es una virtud humillada.

Y no sé si le hace más daño el olvido en que la deja el mundo, las burlas y el escarnio con que muchos la acogen, o la falsía y la poca elegancia con que algunos la presentan.

Me parece, amigo mío, que es verdaderamente necesario que nosotros los cristianos conozcamos mejor esta virtud y sintamos profundamente su importancia; que luchemos por conquistarla y por vivirla rectamente, para presentarla de este modo con su verdadera fisonomía a los ojos de un mundo enfermo de vanidad y de soberbia. A este apostolado del buen ejemplo, tan eficaz y olvidado, debemos tú y yo sentirnos invitados por Jesucristo, cuando dice: Discite a Me quia mitis sum et humilis corde, «aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». Humildes de corazón: así nos quiere el Señor, con aquella humildad que nace del corazón y da fruto en las obras. Porque la otra humildad, que nace y muere en los labios, es falsa; es una caricatura. Palabras, actitudes, modos, no pueden por sí solos crear una virtud; pero sí deformarla.

Descubrir la verdad

La inteligencia debe abrirnos el camino del corazón y ayudarnos a depositar allí, con afecto, la buena semilla de la verdadera humildad, que, con el tiempo y la gracia de Dios, echará raíces profundas y dará sabrosos frutos.

La humildad verdadera, amigo mío, empieza en el punto luminoso en que la inteligencia descubre y admite, con la fuerza necesaria para que el corazón pueda amarla, esa verdad fundamental, simple y profunda, del sine Me nihil potestis facere, «sin Mí no podéis hacer nada».

Debemos aprender a partir, con nuestras manos soberbias, el pan blanco de la verdad evangélica y distribuirlo ante nuestros ojos ofuscados, que tienen en tan gran estima nuestro «yo» y nuestras cualidades.
¡Escúchame! Todos nuestros esfuerzos para llegar a ser mejores y para crecer en el amor de Jesús y en la práctica de las virtudes evangélicas, serán vanos si su gracia no nos ayuda: nisi Dominus aedificaverit domum, in vanum laborant, qui aedificant eam, «si el Señor no edifica la casa, en vano se cansan quienes la construyen».

La más atenta y constante vigilancia es también perfectamente inútil sin la custodia fuerte y amorosa de su gracia: nisi Dominus custodierit civitatem, in vanum vigilat custos, «si el Señor no custodia la ciudad, es inútil la vigilancia del centinela».

Nada sin Dios


Nada pueden así nuestras palabras y nuestras acciones, cuando pretendemos servirnos de ellas para hacer bien a las almas. Nuestro apostolado y nuestra fatiga, sin el agua pura de su gracia, son una agitación estéril: neque qui plantat est aliquid, neque qui rigat, sed qui incrementum dat, Deus, «no cuenta el que planta o el que riega, sino Dios Nuestro Señor, que da el incremento».

Pero esta gracia que nos es necesaria para mejorar en la virtud, para resistir a las tentaciones y para que nuestro apostolado sea fecundo, el Señor la concede a los que son humildes de corazón: Deus superbis resistit humilibus autem dat gratiam, «Dios resiste a los soberios y da su gracia a los humildes».

El Señor, que con suma bondad y con vigilancia llena de delicadeza, distribuye copiosamente su gracia, no se sirve de los soberbios para llevar a cabo sus designios: teme que se condenen. Pues si los utilizase, ellos hallarían en esta gracia, según sus costumbres, un nuevo motivo de soberbia y, en tal vanagloria, la causa de un nuevo castigo.

Seamos realistas

La humildad, amigo mío, nos lo enseñan los santos, es la verdad. ¡Qué gran motivo para aceptarla y vivirla! Noverim me!¡ Que yo me conozca, Señor! Este conocimiento íntimo y sincero de nosotros mismos nos elevará de la mano hacia la humildad.

Déjame que te diga «pues me lo he dicho muchas veces a mí mismo» que no eres nada: la existencia la has recibido de Dios, nada tienes que no hayas recibido de El; tus talentos, tus dones, de naturaleza y de gracia, son precisamente esto: dones; ¡no lo olvides! Y la gracia es gracia y fruto de los méritos del Salvador.

Además el pecado


Pero a esta nada que tú eres, amigo mío, tú has añadido el pecado, pues has abusado muchas veces de la gracia de Dios, por maldad o, por lo menos, por debilidad.

Y a estas dos realidades has añadido una tercera, más triste que las primeras: la de que siendo nada y pecado... has vivido de vanidad y de orgullo.

Nada..., pecado..., orgullo. ¡Qué fundamento tan seguro para nuestra humildad, para que ésta sea ciertamente humildad verdadera, humildad de corazón.

Bastante ignorancia


El soberbio y el incrédulo tienen algo más en común de cuanto parece. El incrédulo es un ciego que atraviesa el mundo y ve las cosas creadas, sin descubrir a Dios. El soberbio descubre y ve a Dios en la naturaleza, pero no logra descubrirlo y verlo en sí mismo.

Si descubres a Dios en ti mismo serás humilde y atribuirás a El todo lo que de bueno haya en ti: Quid habes quod non accepisti¿Qué tienes que no hayas recibido? No cerrarás neciamente los ojos sobre ninguna de las vìrtudes o de las cualidades que existen en tu alma, porque sabes que vienen de Dios y que un día El te pedirá cuenta de ellas. Te esforzarás para que den fruto: no sepultarás ninguno de tus talentos. Y conservando el mérito de las obras buenas, sabrás dar a Dios la gloria de ellas: Deo omnis gloria! ¡Para Dios toda la gloria! La vana complacencia no hallará sitio en tu alma humilde.

Y se vive en grata paz


A través del camino abierto por la humildad la paz de Dios entrará en tu alma. Hay una promesa divina: Discite a Me quia mitis sum et humilis corde et invenietis requiem animabus vestris. «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis la paz para vuestras almas». Un corazón sincero y prudentemente humilde no se turba de nada.

Estate seguro, amigo mío, de que, casi siempre, la causa de nuestras turbaciones y de nuestras inquietudes está en la preocupación excesiva por la propia estima o en el inquieto anhelo de la estimación de los demás.

El alma humilde pone la propia estimación y el deseo de la estimación ajena en las manos de Dios. Y sabe que allí estarán seguras.

Saca, pues, fuerza de la humildad para decir al Señor: si a Ti no sirven, tampoco yo sé qué hacer de ellas. Y en este generoso abandono hallarás la paz prometida a los humildes.

Que la humildad de María, hermano mío, nos sirva de consuelo y de modelo.

Salvador Canals
iglesia.org

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