martes, 29 de noviembre de 2016

Entrevista - Navarro-Valls: “Así convenció Wojtyla a Fidel Castro para festejar la Navidad”


«Fidel Castro me tuvo hablando con él por 6 horas. Tenía mucha curiosidad sobre Juan Pablo II, e incluso celoso de su interioridad se comprendía que quería ir más a fondo… Le dije que era un hombre afortunado, porque el Papa rezaba todos los días por él. Por una vez se quedó en silencio». Joaquín Navarro-Valls, el portavoz de Juan Pablo II en ocasión de la histórica visita de Wojtyla a Cuba en 1998 tuvo un papel que fue mucho más allá del papel oficial de director de la Sala de Prensa vaticana. Y lo cuenta en esta entrevista que concedió a «La Stampa».

¿Cómo se llegó a la visita del Papa que había contribuido en la caída del Muro de Berlín a uno de los últimos baluartes del comunismo?

Durante una decena de años Juan Pablo II había enviado a sus delegados a Cuba. También fue el “ministro del Exterior” vaticano, Jean Luis Tauran. El Papa tenía el deseo de visitar la isla, pero la invitación no llegaba. Finalmente en noviembre de 1996 Castro vino a Roma para una reunión de la FAO y fue recibido en el Vaticano. Ahí invitó formalmente al Pontífice.

¿Cómo se preparó el viaje?

Durante todo 1997 se trabajó en la organización. Tres meses antes de que se diera, en octubre de ese año, llegué a La Habana y me encontré con Fidel. Fue un encuentro largo, que duró seis horas y concluyó casi a las tres de la mañana. Castro tenía mucha curiosidad, quería saber todo sobre Juan Pablo II, qué familia había tenido, cómo había vivido. Quería saber más sobre el hombre Wojtyla y dejaba ver su admiración por él. Se percibía que quería ir más a fondo. Le dije: “Señor presidente, le envidio”. “¿Por qué?” “Porque el Papa reza por usted todos los días, presa para que un hombre de su formación pueda volver a encontrar la vía el Señor”. El presidente cubano por una vez se quedó en silencio.

¿Qué le pidió usted a Castro por cuenta de la Santa Sede?

Le expliqué que, como ya había sido fijada la fecha de la visita, el 21 de enero de 1998, era interesante que fuera un gran éxito. “Cuba debe sorprender al mundo”, le dije. Fidel se declaró de acuerdo. Entonces yo añadí algo sobre las sorpresas que el Papa se esperaba. Le pedí a Castro que la Navidad, a la vuelta de la esquina, se celebrara en Cuba como una fiesta oficial por primera vez desde el inicio de la revolución.

¿Cómo reaccionó el Líder Máximo?

Dijo que habría sido muy difícil, la Navidad caía en plena cosecha de la caña de azúcar. Respondí: “Pero el Santo Padre querría poderle agradecer públicamente este gesto desde su llegada al aeropuerto de La Habana”. Entonces, después de una larga discusión, Castro acabó diciendo que sí. Aunque añadió: “Pero podría ser solo por este año”. Le limité a decir: “Muy bien, el Papa le estará muy agradecido. Y en cuanto al año próximo, ya se verá”. Como se sabe la fiesta de Navidad siguió siendo desde entonces fiesta civil.

¿Qué pensaba Papa Wojtyla sobre Castro?

Durante el vuelo hacia La Habana, un periodista le preguntó al Papa qué le habría aconsejado al presidente de Estados Unidos sobre la posición que debía mantener con Cuba: “To change!”. Su consejo era cambiar. Después le preguntaron qué se esperaba del presidente de Cuba. Juan Pablo II respondió: “Espero que me explique su verdad, como hombre, como dirigente y como comandante”. Yo no estaba en el avión, ya estaba en La Habana. Recibí el texto de aquella respuesta y se la enseñé a Castro mientras esperábamos que aterrizara el Papa. Así, ya había un orden del día escrito para su encuentro. El encuentro cara a cara duró mucho y al salir ambos estaban serenos y sonrientes. Recuerdo la misa en la Plaza de la Revolución con los hermanos Castro en primera fila y la multitud que acompañaba la homilía con el grito “¡Libertad, libertad!”. Y recuerdo las palabras con las que Fidel se despidió de Juan Pablo II en el aeropuerto antes de volver a Roma: “Le agradezco por todas las palabras que dijo, hasta por las que habrían podido no gustarme”. Tenía esta elegancia humana, mientras Wojtyla sonreía: con esa visita inauguró un tiempo de lentas pero reales aperturas.


Andrea Tornielli
lastampa.it

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